domingo, 9 de agosto de 2015

El Fin



Considerada la enfiteusis otorgada hace dos lustros ya, la del extremo menos soleado, la del rumbo noreste, la de esas ácratas. —¿no es suficiente prórroga acaso?, ¿no es suficiente pedantería? —


— Es que sólo ha sido el exordio, sólo ha sido la creación de un dechado que no debe repetirse.


— Pero nadie lo ve así.


— ¡Y eso qué importa!, sólo espero que el fin caiga sobre mí como sirimiri de un viernes por la tarde, lo demás es irrelevante ya.


sábado, 11 de julio de 2015

Profilaxis I

-Sobre el valor. Bien sé que el hombre es capaz de acciones grandes,
pero si no es capaz de un gran sentimiento no me interesa.
-Parece ser que es capaz de todo.
-No, es incapaz de sufrir o de ser feliz largo tiempo. Por lo tanto no es capaz de nada que valga la pena.
- Camus, La Peste -



Y bien, una vez traspasado el punto de adquisición de consciencia, una vez se ha caído en cuenta de que se es participante activo de este melodrama azaroso y repetitivo…(rectius) una vez que se ha escuchado y percibido, con seguridad hialina, cómo el dióxido de carbono expulsado desde la hemoglobina, se hace camino fuera de las fosas nasales, dejando a su leve paso un casi imperceptible hormiguillo; solo después de esa perogrullada es que se trasciende a otro estado, no a uno de gloria astral, sino a uno perteneciente a este plano terreno, a uno un poco más olvidado que aquel plácido final al que todos avanzamos a trompicones.
¿Es este estado menos miserable que la caída en cuenta de la esclavitud de las circunstancias, que señorean nuestra magra mediocridad, en todo lo que quisiéramos obtener?
Respuesta: Depende de qué objetos se quisieran obtener y en qué orden prioritario, en todo caso, este dichoso estado no conlleva una solución integral de nuestras necesidades, ni siquiera lo desea así, es solo una medida profiláctica, una inmunización contra mañanas atascadas en el atrio de sueños felices y sin fin.
Volviendo al estado, hablo de uno que ofrece una especie de seguridad ladina; uno que otorga una considerable porción espacial de autodeterminación, de la cual podríamos concesionar alguna pulgada cúbica de autonomía a condición de ofrendas, pero no de cualquier bagatela que terminaría guardando polvo en un rincón, sino de reales fragmentos de voluntad ajena, las cuales —avasalladas por la preeminencia de este ánimus que ha logrado una ventaja absoluta sobre ellas que, endebles, han intentado justificar todo con nada— se espera que, una vez usadas para cualquier conveniente fin, se devuelvan a la individualidad dadora, pero mutadas ya en un salto de calidad, a una de comparable sustancia a aquella que la sobrepujó y por la cual se permutó, para así hacer trascender a su origen y, a su lado, forjar talvez una común Wille zur Macht.
Sin embargo el camino se recorre sólo y el equipaje extra me retrasa mi de por sí lento andar, la compañía mal-pensante es también un lastre que disminuye el ritmo de mis latidos; si al menos fuera un perro, el cual camina mi camino sin réplicas, al cual se le alegra con mi sola presencia y del cual solo requiero su sobrante obediencia y leal compañía, podría considerarlo un adorno necesario, sin embargo los lastres mal-pensantes tienen su complejidad y voluntad propia y por si eso no fuera suficiente, están sus terribles consecuencias imprevisibles, por lo cual olvido esa opción de momento, mas quedan en mi subconsciente la angustia de la espera y el regreso: “Porque el tiempo de la vida es incierto, y pese a que eso es otra perogrullada, continuamos haciendo estas pausas periódicas sobre puntos ya recorridos, volvemos con demasiada frecuencia al mismo lugar de partida, caminamos en círculos como si fuera un buen hábito, y cuando cansados nos tiemblan las extremidades inferiores, entonces buscamos un bastón de puño terso, caña de cristal y contera de mentiras, lo asimos con férrea confianza porque la mano que lo sujeta transmite la sensación de seguridad, pero lo cierto es que la voluntad se ha encorvado, así como nuestra columna, caminamos inclinados hacia adelante, casi postrados ante nuestra divina incapacidad, y después de andar así por un tiempo, nos damos cuenta que la distancia avanzada con ayuda de tal vara es insignificante y peor aún, al examinar las huellas dejadas por nuestros pesados pies, confirmamos con acíbar que ha sido un trayecto errático; con ira nos desplomamos al suelo, con la cabeza gacha, sollozando y reconocemos nuevamente que el deleznable tiempo nos ha vuelto a dejar a la vera del camino, para cuando al fin logramos levantar la mirada, apenas atisbamos una estela de polvo que se impregna en nuestra cara, la cual, perpleja por la sorpresa y curtida por la intemperie implacable, no da crédito al nuevo desacierto que se acaba de apuntar a la lista de infamias que me había jurado no volver a cometer.
Como en cualquier transición, el proceso no está exento de percances y el evento del bastón puede que no se vuelva a presentar, al menos no con el mismo bastón.
En el camino de adaptación a este estado —y sólo después de haber perdido la cuenta del número de veces que el crepúsculo nos ha cobijado el llanto y la incertidumbre— aquellas lágrimas teñidas en magenta, dejarán de enturbiar la vista panorámica del cielo que, ahora diáfano y estático, ya no hospedará ni representaciones holográficas producto de alucinaciones epilépticas, ni alianzas bendecidas por tiempo limitado, sino que será simplemente el techo que dé refugio tibio a nuestro brío y ego. En el camino verán como esas mismas lágrimas que un día fueron magenta aceitoso, ahora se han vuelto desierto y con ello se ha cortado la inútil tarea de lubricar los pernios oxidados que, secos por el viento estival ante el cual se juró en falso permanecer, chirriaban al intentar con abulia, abrir las láminas de esa voluntad carcomida, hechas de escrúpulos vanos y venales, que prefirieron mantenerse cerradas a cal y canto, antes de permitir la entrada a la razón redentora.


Una vez se ha acercado lo suficiente a ese punto, el consciente ni siquiera lo percibe de golpe y es hasta algún tiempo después que, pese a que los sentidos se han tratado de avezar al nuevo orden, no deja de sentirse acaso un exilio, una neblina de angustia nueva que ha surgido alrededor del homínido, y la desagradable sensación de no pertenencia lo conmina a comportarse con hosquedad razonada, hacía cualquier afable gesto hacia él; a caminar de puntillas por el escabroso camino de la heurística; a vadear a través fangosos cantos de sirenas; a no errar, no de nuevo, no de aquella forma, no escindido y refugiado. El nuevo orden le ha dado la gracia de la falta de remilgos. Atrás va quedando todo eso y ante él, al final de este tramo del camino, ya percibe el umbral, cada vez más frío, a medida que el rastro de cadáveres de escrúpulos se alarga a las espaldas de nuestro cid, todo el ambiente le confirma el acierto de su destino elegido, y aunque de cuando en cuando se detendrá debido a alguna analepsis vergonzosa, estas son solo parte de la decoración incluida.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Profilaxis -Exordio-


"Alimentaban entonces su mal con signos imponderables, con mensajes desconcertantes: un vuelo de golondrinas, el rosa del atardecer, o esos rayos caprichosos que el sol abandona a veces en las calles desiertas. El mundo exterior que siempre puede salvarnos de todo, no querían verlo, cerraban los ojos sobre él obcecados en acariciar sus quimeras y en perseguir con todas sus fuerzas las imágenes de una tierra donde una luz determinada, dos o tres colinas, el árbol favorito y el rostro de algunas mujeres componían un clima para ellos irreemplazable."
—Albert Camus, La Peste—


Como un fardo, inerte e inanimado, se encontraba tumbado en el piso —visto desde este ángulo, no era más que espacio ocupado de forma egoísta en el vacío, como cada uno de nosotros—. Alrededor de su base se acumulaba polvo blanco y pequeños fragmentos de lo que en algún momento fue un envoltorio de una golosina con nulo valor nutricional; así mismo, a lo largo de su contorno, se veían hebras largas, cortas, y otras enmarañadas en diminutos nudos, todas ellas teñidas en pseudo-borgoña, cuyo falso color era descubierto tan solo a trasluz; también se hallaban pedazos estrujados de una factura que mostraba cifras y letras incompletas, impresas en cárdeno desteñido, resaltadas en un fondo blanco, vestigios de alguna prueba material que descubría, puerilmente, a la víctima de un ardid; más a la izquierda se veían decenas de trizas cuadradas y uniformes, de alguna fotografía rota con los dedos en un arrebato de infierno, que lo retrotraía a un paroxismo de negruzco epílogo; Por otro lado, al acercarse aún más, se apreciaba también una pata de mosca, tres de araña e incontables fragmentos de exoesqueletos de insectos que, acaso terminaron allí con el solo objeto de servir como representaciones convenientes de la calidad perecedera de cada envase, todas vasijas amontonadas que se confundían entre eternas y mortales; manteniendo esa misma línea de ideas, y enfocando la vista aún más en el piso que rodea a este bulto, se apreciaban también incalculables migajas de pan, diminutas partículas de Orégano y Albahaca, granos de azúcar, sal y pimienta, todos ellos desparramados, como condimentando la prórroga y el tiempo, como saborizando la mella en su orgullo; finalmente advertimos, fingiendo no haber tenido la intención de hallarlo, simulando que aguzamos aún más la vista para poder notarlo, entre todo aquél desorden de minúsculos objetos, medio cubierto y medio desnudo, acaso un tris de ella, apenas discernible, apenas vomitable.

Ahora bien, no eran solamente estos restos de desperdicios los únicos que se amontonaban allí, habían muchísimos otros residuos microscópicos que, aunque no vale el esfuerzo incluirlos, se encuentran esmeradamente catalogados y cuidadosamente etiquetados, cuya compañía, en conjunto, era más acogedora que este espacio imaginario, reservado a perpetuidad para ella, el cual se halla allí, todavía medio vacío y medio prestado sin prestatario, casi igual que como cuando ella lo llenaba con su transparencia; sí, me refiero no a un espacio abstracto sino a un lote concreto, que se dio, en alguna ocasión, en comodato, cuyo contrato fue otorgado entre fantasmas y redactado en vitela de fauno, fue un instrumento de contenido falso, cuyo cuerpo contenía una descripción técnica errática, donde sus cláusulas claramente establecían que el suelo del lote se mantendría húmedo de día, por el rocío traslucido que se pasearía en fugaz visita, antes o después de la aurora, y que se evaporaría por las noches, transmutando en cálida neblina; la comodataria sabía el ardid de sobra, ya que la argucia fue planeada en el interior mismo de su invalida inteligencia, desde aún antes de que la oportunidad se le presentara. Ese lote de nombre tan ambiguo que lo llamo memoria, que lo llaman antes, y que lo conocen como amnesia, fue dividido en partes desiguales, la de mayor extensión para él y el resto para la opresión consensuada. Pese a todo lo antedicho, y aún después de que quedara desolada la porción —entregada en trance a la evocadora de maledicencias— ésta todavía se encuentra repleta de su holograma, el cual, pese a su inexistencia acogedora y deprimente, ya no atormenta ni encadena, ya no lesiona ni estorba, sino que sirve de resabio agrio, cuya sola presencia traslúcida es mucho más afable que aquella real, y réproba, que con máscara de piel resollaba en mi rostro.

Es pues, con el reconocimiento del campo, que comienzan las medidas profilácticas que se están a punto de enumerar.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

24


"La evasión típica, la evasión mortal... es la esperanza: esperanza de otra vida que hay que "merecer", o engaño de quienes viven no para la vida misma, sino para alguna gran idea que la supera, la sublima, le da un sentido y la traiciona."
-Albert Camus

-G-

Hace mucho tiempo ya, cuando el tiempo dejó de ser eterno y fue mortal; cuando el tiempo ya no fue invencible sino que sangró y sonrió; cuando el tiempo ya no fue impasible sino que lloró y cantó; fue entonces que acariciamos con nuestras manos el alma de un crisantemo, y por un instante, ya ni la mañana le seguía a la noche, ni la noche a la tarde, sino que la vida toda se redujo a un beso, para luego desplegarse en una escena ininterrumpida, como divina maldición, cada vez que el rocío de la noche humedeciera nuestros parpados.
Los cuatro eones condensados en el brillo que destellaban tus pupilas, que dilatadas en la oscura penumbra, arrullaban el frío. Los cuatro eones resumidos en la noche en la que aniquilamos a Cronos y moramos en el Parnaso.
 
Sin embargo, en ese breve triunfo del polvo sobre lo perpetuo, los Moáis nos observaban con su mirada vacía y escrutadora, haciendo que los labios enmudecieran ante el silencio  de una vida sin índigo.
 
Y fue entonces que mis catedrales de granito y ónice se construyeron hacia abajo, mientras que ápices de tu ciudad de cristal y éter se erguían hacia Cumorah. Allí se acababa la esperanza de un feliz horcajo, y entonces el tiempo recobró su brillo sempiterno y la vida su opaca muerte. Allí se extinguía una eventual trascendencia.
 
Pese a todo ello, hay todavía algo de sobrehumano que rescatar en ese cadáver, y es por eso que hay todavía luciérnagas iluminando la senda que lleva de vuelta al sueño.

Built On Secrets - Built On Secrets EP (2008)

martes, 26 de agosto de 2014

Sueño de Movimientos Oculares Rápidos

qué cosa fuera la maza sin cantera. 
Un eternizador de dioses del ocaso, 
júbilo hervido con trapo y lentejuela.
-Silvio Rodríguez-


¿Y si Berkeley tuviera la razón? —pensaba, mientras extendía su palma derecha enfrente suyo y apreciaba el dorso de la misma; veía los detalles rugosos de la piel oscura, los metacarpianos segundo y tercero sobresalían, abultando la piel y creando un efecto tridimensional que, definitivamente, era de materialidad incuestionable; mientras extendía aún más sus falanges hacia su rostro, en una fracción de segundo, formó un puño con su mano, se encogieron los dedos formando una especie de pomo revestido de débil carne; hizo presión y giró, casi ciento ochenta grados hacia la derecha, el puño cerrado, ahora podía ver resaltados los tendones y el nervio mediano en su muñeca. Volvió a extender los dedos, cerrando y abriendo la mano repetidas veces, parecía una mandíbula con dientes largos, como si fueran tubos finos.

—¡No! —Gritó para sus adentros— ¡Definitivamente no la tiene! Es imposible eliminar del plano físico todo lo que no percibo e ignoro, aunque… —estaba a punto de mencionar a aquel personaje tan famoso—, aunque el hecho de sentirme el creador de mi propio mundo no es, en medida alguna, despreciable; ¡sin embargo, no es así!. Las limitaciones creacionistas son tan reales como esta sensación de movimiento y presión que acabo de experimentar. Definitivamente hay algo más allá del solo hecho de percibir y ser percibido. —bostezó ante la inevitable sensación del cansancio que apenas lo comenzaba a abrazar, se rascó con su mano derecha el antebrazo izquierdo y se reacomodó en su asiento, no se pudo sentir más real el mando efectivo, que su cerebro enviaba a sus músculos, a través del sistema nervioso; bastaba solo pensarlo para que todo un grupo ingente de moléculas, que constituyen su cuerpo, realizara los antojos del serdel ser, —se detuvo un largo rato a pensar en eso que acababa de decir, “el ser” resonaba ahora en su cabeza, en algún lugar intangible de su “mente”. — ¿Qué es el ser?, o ¿quién es el ser?, ¿acaso no termina siendo un objeto también? Un objeto complejo, pero objeto al final; por fuera una caja antropomorfa vista en tercera persona, y por dentro una caja antropomorfa vista en primera persona. ¡Oh, la falacia del ser único y divino!

Las certezas de las cuales se consideraba propietario habían sido obtenidas a través de una dualidad de componentes, aparentemente y solo aparentemente, esta vida es ambivalente, dos dimensiones totalmente distantes: la invisible y la tangible, ambas cognoscibles de distinta forma o quizás de la misma, aún estaba decidiéndolo. Pero estas certezas de las que hablo, no han sido dadas a luz de forma espontánea o paulatina, sino solo en el momento indicado, y a veces ni en ese, a veces quizás ya estaban allí, solo que no las había percibido. Sócrates lo llamó mayéutica: la verdad dentro de mí, las respuestas que brotan de mí.
Ahora se sentía seguro de lo que pensaba, sentía que nadie podía estar más errado que aquellos que no fueran él, que la totalidad de individuos que no compartía aquella revelación recurrente era indigna, que todos los escritos profanos y sagrados indicaban que su futuro se balanceaba, seguro y firme, sobre una cuerda sintética, con un polo de plomo, de 2 metros de longitud en sus manos; saltimbanquis se mofaban desde las aceras, viéndolo desde abajo y señalando con ignorancia lo que jamás configurará sentido en sus necios entendimientos; estaba a un paso de ser omnisciente, estaba a un movimiento de ser lo que todos quieren ser y nadie ha podido, pero… poco tardó en darse cuenta que aún no podía autoproclamarse destructor del aire, poco tardó en darse cuenta que era una distancia abisal aquella que separaba a su ser deseado del endeble ser que era; se ahogaba en sus sueños, deliraba infinitud, bufaba de ira y fue entonces que despertó repentinamente de su fantasía, tosiendo y llevándose la palma de su mano izquierda a su boca, mientras la saliva era retenida en su mano abierta. Se había dormido un instante, lo suficiente para soñar que era lo que no era.

No le cabía ninguna duda de que millones de personas y objetos pudieron, pueden y podrán existir, con total autonomía, aislados o conectados a este “amasijo sin mejores pretensiones” —rio en su interior por unos segundos, pero entre más lo pensaba menos podía retener sus deseos de exteriorizar su satisfacción, luego no pudo más y soltó una suave, pero sonora, carcajada de burla— esta certeza ha venido a él desde que su alma corpórea se desprendió de su cuerpo intangible, para morar sobre suelo rígido y estable. No hay más que decir por el momento, solo pensar mientras el sueño se apodera de mi caja antropomorfa; los griegos llamaban logos al hablar y al pensar, el logos es al final del día esa dualidad falsa de lo metafísico y lo físico, una moneda de dos caras corpóreas con el mismo valor, es metal que compra voluntades a placer, y yo, hace mucho que debía estar en la etapa V del sueño.


miércoles, 2 de julio de 2014

La epifanía del suelo

¡Y guárdate de los buenos y justos! Con gusto crucifican a quienes se inventan una virtud para sí mismos, -odian al solitario.

-Nietzsche-



En el instante que sucedía al tropiezo -entre la perdida de equilibrio y el seco estrépito provocado por el fuerte impacto contra el inmóvil e inmenso cadáver de hormigón- le quedó suficiente tiempo para pensar cómo debía colocar sus palmas, si debían estar extendidas, o formando un puño, o quizás olvidar el instintivo reflejo de salvaguardar su integridad y permitir, sin deseos de redentora vanidad, que su rostro se perfilara, resaltando el suave revestimiento de piel de su pómulo derecho, y cayera libre, sin obstáculo, ni gemido. En todo caso, no había forma de elegir la opción uno, ya que sus muñecas se encontraban inmovilizadas, sujetas una a la otra con un terso retazo; habían sido enlazadas con pseudocristiana violencia, hacía algún tiempo, quizás dieciocho meses, quizás setenta y seis o quizás solo tres; los purpúreos coágulos de sangre se asomaban en su oscura piel, alrededor del paño de seda que recorría, con seis vueltas, la coyuntura entre los brazos y manos de este sujeto de prueba; el perfecto nudo que adornaba el enlazado de sus extremidades era uno diagonal, su apariencia era una insoslayable visión de esa equis que, al girarla noventa grados a la izquierda, se convertía en ese infame emblema de benevolencia -que aquellas desabridas ejecutoras tanto veneraban desde sus insensatas e incomprensibles entrañas, que ni el peor de los arúspices pudo haber interpretado- equis girada de regocijo estéril, cuya representación canta celestiales melodías para ellas, pero para él... para él es silencio infinito y vacuo, pues su sordera tonal, hacia estas fantasías de ultramundo, hace algún tiempo dejó de ser una incapacidad; ahora se ha convertido en el pendón de su mortal estado, en el tranquilo sueño de una noche sin sueños ni rocío escarlata; en la segura muerte sin resurrección ni reencarnación; en el palpable “hoy” sin el incierto “mañana”; en el polvo que cubre el espejo que, borroso y empañado, refleja la inmanencia de su feo rostro así como su bella permanencia.

Después de haber considerado todo lo anterior -en un par de decisegundos- se escuchó un azote impetuoso; con su repugnante rostro acarició el frío y rígido suelo, como si se le hubiese ordenado odiarlo, como si se le hubiese ordenado pulverizarlo, como si se le hubiese ordenado volver a cada punto de inflexión de su miserable vida, a beber los mismos sorbos de cianuro, que con gusto saboreó -y volvería a saborear cuantas veces le ofrecieran la copa o incluso una crátera repleta, lo haría con alegre disposición, trémulo de emoción, una y otra vez-.

Ni siquiera tuvo tiempo de sentir dolor alguno, el impacto le produjo ira; No había necesidad de analizar su causa, no había tiempo de considerar sus inmediatas consecuencias y mucho menos sus posteriores repercusiones; ¿acaso alguien lo hacía?, ¿acaso existía algún consejo serio enunciado por alguien que representara a esta estirpe de títeres con autodeterminación?, el sujeto de prueba no se encontraba en condiciones de escuchar una apología de la asamblea de borregos así que optó por ensordecer aun más su soberbia.

Oyó a lo lejos un balido, pero fue solo en su mente -pensó-, las ovejas aún pastaban en los montes del altísimo absurdo, no molestarán sino hasta el domingo. Apretó sus dientes, y deseó desear algo… al final no deseó nada. Bufó en el suelo, el aire cálido que salió de sus fosas nasales levantó partículas de polvo que se suspendieron un instante en el aire para luego adherirse a su rostro; él cerró sus ojos inmediatamente, sin embargo, sus labios –aún húmedos- se impregnaron de blanca suciedad, él los contrajo en inútil intento de impedir que sus papilas saborearan el conocido sabor de la deshonrosa derrota; el polvo fue más rápido y miles de moléculas se mezclaban dentro de su boca, haciéndolo recordar su origen y fin.

Pensaba en el fin de esta bochornosa escena, sin intenciones de levantarse o desatarse, se mantuvo en la posición en la cual había quedado al caer. Todo era, en cualquier caso, un inmenso círculo vicioso, como uno formado por un negro carrusel de buitres planeando sobre su cadáver expuesto en el suelo, casi los podía oír, imaginaba sus sombras haciendo remolinos alrededor de este embalaje de carne pensante, aun viva. Meditaba por un momento que ya no habían más deseos de continuar con el pernicioso plan de multiplicar por dos su unidad, ya que, se había dado cuenta que el objetivo era tan alcanzable como inalcanzable, era tan claro como incierto, era tan necesario como innecesario, su vida misma era una antinomia y ya no tenía ningún interés en seguir calentando su crisol para que luego se forjaran aceros que atravesaran su espalda.

La brisa de invierno acarició su espalda. Recordaba una ocasión en que el viento abanicaba arena en el aire, mientras él entregaba una de sus historias prestadas a alguien, él pensaba que era un regalo, el destinatario pensaba que era desechable, no sabía que debía conservarlo, ¿quién debería saberlo? de tal modo que lo descartó. Este ultimo recuerdo lo devolvió inmediatamente a ponderar su actual estado, le parecía que la vida había decidido descartar su existencia, lo cual le agradaba, ya que no deseaba seguir respirando este falso aire que no sustentaba sus pulmones. El ethos de los transmundanos que lo circundaban lo airaba más. Se dio la vuelta, de cara al sol, cuyo calor y resplandor le lastimaban los ojos y quemaban su cara pero, a la vez, le aliviaba la certidumbre y le refrescaba la memoria de que, el cielo que lo contiene y todo lo que sus sentidos escrutan, aniquilaron una vez el etéreo bastón que jamás asirá de nuevo; Entonces escupió al cielo, apartó su cara para no recibirlo de regreso, desató sus manos y regresó andando, tranquilo y sin mover los brazos, casi levitando por donde no había venido.


martes, 6 de mayo de 2014

St Ferdinand *

"Se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado."
-Michael Ende
-G-

Érase una vez, una dama y su rostro iluminado por el abrasador astro de la alborada, aquél que calcina desde su centro esos intangibles deseos de poder encontrar la emoción rosa o granate de un fantasma tangible como compañía o como costumbre; regularmente lo solicitaba en denuedo y solemne mantra al invisible aire, solicitaba un espectro y un rebaño de entes heterogéneos, enlazados por ácido desoxirribonucleico, pero particularmente, uno con abundante papel fiduciario para así, tal vez -cuando el alborozo que le causa un eclipse de satélite nocturno que cobija con penumbra- no deba marcharse a lo desconocido, donde tendrá que alejarse de esas voces y rostros que se sabe de memoria, donde deberá dejar momentáneamente este hábitat cruel y hostil. Sin embargo, la decisión está tomada; enviada su petición, y recibida su respuesta, yacen, sobre 2 escritorios, pálidas láminas con letras en perpetua impresión. Nuestra semidiosa decide trasladarse sobre alas de acero, impulsadas por turbinas que combustionan petróleo destilado, a más de diez mil metros sobre el nivel del mar, rompiendo el espacio palpable, en pos de lo etéreo e impalbable; la decisión la tomó sin vacilación, pero en el fondo… en el fondo hay algún inconformismo latente, una espina difícil de ver, los recuerdos hicieron condensación en rocío de tristeza y nostalgia, que se deslizó por la piel canela de sus pómulos y se detuvo en su barbilla temblorosa.

Tiempo después, al otro lado, ha podido encontrar dicha en los kilómetros visibles -y no visibles- que la separan de su origen y también de lo mundano y vulgar; el solaz que sobrepasa su nueva esfera de comodidad es acompañado de continuos y constantes símbolos que fueron grabados con oscura sangre de memorias y emociones -que neciamente intentan terrenalizar su celestial aura-, estos fueron envueltos con delicada precisión en blanca celulosa y enviados desde algún punto más meridional. A veces los recuerdos y noticias le venían por medios más veloces y encriptados; ondas sonoras familiares que resonaban en su tímpano y se transformaban en dicha inmediata, todo esto sucedía al cerrar el año decimotercero del tercer milenio.

Ya para la mitad de la perla, cuando el tiempo de ascetismo languidecía, no existía mayor felicidad en ella que el regreso a lo profano, el regreso al olvido momentáneo. Estaba a punto de dejar esos vínculos sempiternos que la habían retenido en el plano superior, para volver y aplaudir su logro de haber vencido –al menos brevemente- ese estado terrenal. Ahora lo ve en perspectiva y no puede más que aprobarlo con sincera sonrisa e imaginar que no ha acabado.

Lasgo - Something

*Tal como se decifró de cierta serie de ideogramas.