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miércoles, 30 de diciembre de 2015

De la Escogida, La Firmeza, Lo Útil y la Escasa Vida. (1)

"La causa de la  miseria humana evitable no suele  ser tanto la  estupidez como  la  ignorancia, particularmente la  ignorancia  de nosotros."
-Carl Sagan

Generalmente él espera paciente, sentado o de pie, incómodo o aparentando estar cómodo,  y esa había sido la regla desde tiempos inmemorables, sin embargo, en esta ocasión su sintética homeostasis emocional se encontró desprotegida por un instante, y quizás él esperaba esto desde hacía algún tiempo, pues su orden interno se traicionó con deleite, sabiendo de sobra que sufriría, una vez más, la feliz ruptura de aquellos para los cuales no les son suficientes sus endebles soledades.
Su frágil revestimiento de eterno-bisoño-sensato se iba a desmoronar, se le iba a caer en diminutos fragmentos en un suelo encerado, en el cual se refleja, a medida que dicha cobertura  se desprende, una escena onírica de dos, un futuro de tres y un final de cuatro o cinco; el suelo-espejo parece distante ya, él siente flotar treinta y dos centímetros, y su fugaz vistazo hacía aquella escena lo retrotrajo, con garras de fauno, a aquel momento difuso en que, con frívolo examen, rechazó a priori cualquier tentativa de solicitar audiencia con esa particular ánima. Se hallaba perplejo pues nada visible había cambiado en ella sino aquello que esta cogitaba con sus perlas.

Rápidamente recobró la postura y reparó un momento, calculó livianamente el alcance de su intriga, sonrió y se sintió complacido; jamás se percataría, sino hasta después de que la ilusión adquiriera carne y huesos, de que fue una portentosa ambición desde su raíz, sin embargo decidió ejecutarla y este es el apólogo, su apólogo:


1.      La Mañana de la Resignación, casi.

Ayer llevaba puesto mi mejor semblante de borrasca, una resolución color lasitud, y unas gafas de oscuros cristales, en los cuales se reflejaba un punto estático, a una distancia mucho más allá de lo que yo mismo quería ver; los homínidos circundantes se desplazaban como cualquier otra mañana por las calles, ocupando espacio en este amplio espacio, yo a veces apenas confirmaba su presencia próxima para esquivarlos, aunque hubiera deseado atravesarlos pues la abulia me constreñía hasta el límite y me exasperaban sus solas presencias.

—Quizás a ella sólo la atormenta lo que no pudo aniquilar con sus perdigones de olvido, sí, eso debió ser; la decisión última en estas opciones de compra poco tienen que ver con lo volitivo, pues ella sí desea el producto de mejor valor nutricional. —Cavilaba—.

Un peatón que caminaba en sentido contrario a mi dirección, se apartaba hacía la derecha al ver que no me orillaba; la acera no era tan ancha en todo caso, eran solo dos metros y medio y, como mencioné antes, el desgano me inmovilizaba hasta la poca cortesía que en alguna ocasión rebosaba sin compulsión... bueno, tal vez eso nunca sucedió. Por otro lado, los ruidos de los automotores, y su pestilente humo, llegaban hasta mis más agazapados sentidos que yo deseaba cerrar, y solo dedicar, al lamento de lo que había leído ayer.

—“Tal vez no deba decir esto…”. —Vino a mí el recuerdo vívido, de aquellas frases leídas en la pantalla

Sacudí la cabeza al recordar cada sílaba interpretada, cada idea proyectada como ella nunca quiso significarse, fruncí el ceño y aparté la vista hacia la derecha, como si lo que había enfrente me causara repulsión hasta el tuétano.
Dos mujeres, con uniformes azul oscuro y zapatos negros se desplazaban con paso ligero al otro lado de la calle, su taconeo se escuchaba aún a esta distancia y el estómago se me revolvió, volví inmediatamente la vista al frente pero hacia  el suelo, contemplé las grietas de esta calle encementada, eran venas sucias, de algunas manaban líquidos y hormigas, por doquier habían envoltorios de plástico hechos puño, hierba desparramada y creciendo a capricho por esta sucia ciudad, tan inmunda como la mañana que me rodeaba.

—“Te quiero”. —Leí en la pantalla, según mi memoria—

¿Pero qué significaron esos símbolos? Esto significaron y nada más: Una Capitis Deminutio, un yugo con el que me sentí cómodo y dos saetas que me atravesaron ambas muñecas, que traspasaron mis nervios medianos, y cuyas puntas están alojadas treinta y dos milímetros adentro de la pizarra de corcho, sobre la cual me encuentro crucificado y endeble, como el nazareno, con un evangelio sin lógica y una falsa resurrección.

El semáforo está en rojo para los que se conducen de este a oeste y viceversa, dos peatones vuelven a ver hacia ambos lados de la calle, como si no creyeran en la prudencia de los conductores de esta hora de la mañana, yo continúo, aunque la cautela de aquellos me posee por un instante y giro la cabeza levemente al oeste, no había nada que temer, los vehículos están estáticos ante el paso de cebra, los motores encendidos apenas rompen el ruido de la mañana, ese ruido que se ha fusionado con la melodía que traigo en la cabeza, una pompa fúnebre para este cadáver que ya no volverá del averno.

La apreciación de ella in situ y en especial aquella que, digamos tengo a unos 50 centímetros de distancia, es mejor que la imaginaria, es una visión preternatural que me ha conducido a este preciso momento; felizmente, dentro de unas horas, visón y aparición serán una sola, y las migas de chocolate, caídas a propósito desde la mesa en que ella festeja, serán banquete final que se repetirá una y otra vez, en este felo de se que mi aquiescencia suplica en bucle.

Me parece que algo se me ha ido cayendo desde que inicié el corto viaje hacia aquí, giro mi rostro a la izquierda, noventa grados, claramente se distingue una estela ignominiosa, que he ido dejado tras de mí, es efímera, se comienza a disipar con la tibia alba y con ella el recuerdo de esta mañana y este retazo de vida; vuelvo la vista hacia delante, las calles se atiborran cada vez más de gente a medida que me acerco al edificio, ya no me importa lo que me precede, no en este instante.

Me detengo en otra esquina, me encuentro casi de frente al edificio, casi oblicuo al piso a dónde me dirijo, y otra espera frente a un semáforo, ahora este sirve para detener a los vehículos que van de sur a norte. Aún más gente se me acerca por ambos flancos, percibo perfume barato, cremas, jabones, olor a comida, murmullos, miradas, todo me hastía, quisiera fulminar la presencia de todo y que el vacío lo engullera este verano, solo este verano.

El tiempo estival nunca fue tan injusto, ojalá ella lo supiera, ojalá y.... ¡Verde!, vuelvo a concentrarme, muevo una pierna primero y luego la otra, ya me encuentro caminando hacia delante y la mañana apenas repunta. Respiro.



sábado, 7 de noviembre de 2015

consortium omnis vitae

"...y si el tiempo, que borra hasta los más caros afectos, no pudiera borrar los intereses materiales, no habría tranquilidad posible."
Arturo Alessandri Rodríguez


—¿Es eso cierto? —preguntó con recelo ella, entornando los ojos.

—Cada una de sus palabras y hasta el alma de ellas —respondió él—, haciendo un solemne cierre de parpados e inclinando levemente la cara hacia delante.

Ella cavilaba sobre este ofrecimiento de cielo opaco que le presentaban, no podía dejar de recordar cómo le habían esquilmado su confianza, cómo las qualias de decepción le clavaban sus incisivos en la fe que extravió en “esto”.
Por su lado, él comenzaba a comprender que su parafernalia no iba a ser suficiente para extraer de ella  el convencimiento de sus intenciones, también sabía que su ritual no era más que otra plantilla sabida por ella, la diferencia si acaso, era el atavío de sus palabras; no obstante ello, continuó el siempre arriesgado regateo de etéreas promesas color certeza.

<<Si acaso se pudieran obviar las primeras fases y ella llegara al Alétheia de una forma más expedita>> Pensó él, impacientábale un poco no poder rodear el nimbo maligno de confusión, que aquel anónimo conocido había soplado en la seguridad de ella, justo en el momento que él se disponía a ejecutar su fin último, la sincronía de todo esto no pudo haber sido más absurda y la desilusión se asomó por fin con sonrisa de escarnio.

—¿y si acaso me trasladara al desierto de guijarros de viento, sin nadie más que aquella que presenta sacrificios? —preguntóle ella—, evitando las pupilas de él.

Él se visualizaba hoy, en una lenta toma de 360 grados, en el centro del proscenio, en medio de una tragedia de la cual no leyó el guion, su garganta árida olvidó por un instante lo que de memoria sabía, y cuando recurrió a su memoria, eran solo entresijos, la verdad que hacía unos segundos le quemaba el habla, ahora estaba extinta, petrificada, oculta. Sentíase un alevín, y un cristal ardiente asomaba por debajo de una de sus dos perlas.

—Entiendo, y a la vez aborrezco la razón en este instante, porque la vesania no me acompaña, porque soy taciturno y la verdad me comprime; porque el dechado que estaba erigiendo en mi mente, con columnas jónicas, se está resquebrajando, y mis manos son frágiles y tu presencia un fluido que se me escurre entre las falanges, aún antes de que te hubiesen sostenido.

El rocío de la revelación humedeció los blancos pómulos de ella, la neuralgia en su corazón la enmudeció, la brisa de la noche lluviosa traspasó la pared y le acarició con melancolía su espalda.

—Yo… yo no quisiera, yo no… —era imposible para ella superar la aporía que se le presentaba, pues sabía que lo quería y a la vez no lo quería, deseaba colocar un dogal en el cuello de la peor de las decisiones, pero no sabía cuál era la peor o la mejor.


Él adivinaba sus elucubraciones y deseó tener la capacidad sobrenatural de hacer desaparecer a ese anónimo conocido; no había salida de emergencia y la salida por la puerta principal era demasiado dolorosa; todo esto más que irritarle le causaba pesar y su única defensa consistió en recurrir a su costumbre inveterada: interpolar verdades presentes con verdades oníricas, evitando el acíbar de argumentos ad hominem, para así tal vez sublimar las pétreas dudas de ella en liviano gas. Decidió acercarse a ella dos pasos e inició su último discurso, ella lo veía impertérrita y lo escuchaba próvida más no del todo segura, su situación era de por sí injusta y el azar no había hecho sino que un despropósito en la existencia de ambos; él se acercó un paso más, y sólo lo separaba de ella una débil capa de aire, de cinco centímetros de grosor; ella pensó en alejarse un poco pero sus extremidades dormían, él se inclinó un poco más y le musitó al oído izquierdo lo que ella pensaba que sabía de antemano, lo que ella creía que ya había escuchado tantas veces, no sólo de él sino de todos aquellos que imitaron sellar con inmunda voz lo que es inefable, lo que nadie ha sostenido, lo que ella aún ansia: consortium omnis vitae, pero en esta ocasión, ella creyó creerlo.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Se non è vero, è ben trovato

11, wieder.
Parecía yacer, como muchas otras veces, en el mismísimo lecho marino, un poco más profundo que el Challenger, la presión sobre su existencia era una irónica analogía mientras que la gravedad parecía no tener el mismo poder acá abajo; pese a ello, todavía sentía el peso de su culpa actuando como un par de botas, hechas de plomo incandescente, atadas con cintas de frágil vidrio.
Fue allí abajo, entre plancton y sedimento milenario, que decidió reproducir en su memoria, en interminable bucle, la canción más triste, la que siempre deseó que vibrará en sus tímpanos -pero sólo su parte en pianissimo-, porque no tardó en recordar ese abrupto ruido, esa falta de  dinámica de transición, cuando
desgarrados sus tímpanos por ese estribillo maligno, su magra voluntad se astillaba; pero a pesar de ello, esa discordancia lo  extasiaba y no podía sino salmodiarla en su mente como imbécil. 
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Hubiera hecho buen clima esa tarde, pensaba, haciendo memoria del cielo en el que ya no cree; 《sí, lo hubiera hecho》, -se repite en voz alta, aunque más bien fue un farfullo-, sino fuera porque en la profunda depresión húmeda, donde se encuentra hoy y se encontró en aquel momento, no hubo ni hay sino cenizas en el aire y huele a extravío. Respira hondo y recuerda más, reproduce la perorata que le dio al encuentro de la tarde, reproduce la vergüenza que nunca llegó cuando se le invocó; se lamenta que nunca nadie lo preparó para su poco triunfal Rubicón que estaba a punto de vadear en esa ocasión.
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"Quizás, quizás, quizás": será el adverbio repetido que lo atormentará el resto de su fugaz y torpe zancada, por esta y estas vidas que solo lo verán un instante; un instante y será mascullo de demente; un instante y será arrepentimiento de alguna redimida por la gracia del vacío; un instante nada más y será una partícula entre esa capa de polvo, que un sucio y pestilente paño rojo sacudirá con fastidio y en un movimiento, del retrovisor izquierdo del auto; un instante y sólo un instante, para reducir la creación a un fatuo espectro que lo maldice cada vez que esta vuelta elíptica se completa, justo hoy, al poco tiempo después de iniciado el séptimo.
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Racionaliza más y se engaña: ¿Y qué si todo esto hubiese sido una mentira para autocomplacerse?, ¿qué si no es más que una vana ambición que desde su génesis rebosó de miserias en su ramo de rosas color salmón?, non liquet; el Océano lo ha engullido desde hace más de cinco lustros y aunque él lo niegue, nosotros damos fe de haberlo visto, y ahora, la sola escena de su retorno a la costa irrita hasta el hastío: él,  tratando de flotar hacia la superficie, con su melodía fúnebre atada a su cuello y quebrándole su cervical lentamente, eso está comprobado.

domingo, 9 de agosto de 2015

El Fin



Considerada la enfiteusis otorgada hace dos lustros ya, la del extremo menos soleado, la del rumbo noreste, la de esas ácratas. —¿no es suficiente prórroga acaso?, ¿no es suficiente pedantería? —


— Es que sólo ha sido el exordio, sólo ha sido la creación de un dechado que no debe repetirse.


— Pero nadie lo ve así.


— ¡Y eso qué importa!, sólo espero que el fin caiga sobre mí como sirimiri de un viernes por la tarde, lo demás es irrelevante ya.


sábado, 11 de julio de 2015

Profilaxis I

-Sobre el valor. Bien sé que el hombre es capaz de acciones grandes,
pero si no es capaz de un gran sentimiento no me interesa.
-Parece ser que es capaz de todo.
-No, es incapaz de sufrir o de ser feliz largo tiempo. Por lo tanto no es capaz de nada que valga la pena.
- Camus, La Peste -



Y bien, una vez traspasado el punto de adquisición de consciencia, una vez se ha caído en cuenta de que se es participante activo de este melodrama azaroso y repetitivo…(rectius) una vez que se ha escuchado y percibido, con seguridad hialina, cómo el dióxido de carbono expulsado desde la hemoglobina, se hace camino fuera de las fosas nasales, dejando a su leve paso un casi imperceptible hormiguillo; solo después de esa perogrullada es que se trasciende a otro estado, no a uno de gloria astral, sino a uno perteneciente a este plano terreno, a uno un poco más olvidado que aquel plácido final al que todos avanzamos a trompicones.
¿Es este estado menos miserable que la caída en cuenta de la esclavitud de las circunstancias, que señorean nuestra magra mediocridad, en todo lo que quisiéramos obtener?
Respuesta: Depende de qué objetos se quisieran obtener y en qué orden prioritario, en todo caso, este dichoso estado no conlleva una solución integral de nuestras necesidades, ni siquiera lo desea así, es solo una medida profiláctica, una inmunización contra mañanas atascadas en el atrio de sueños felices y sin fin.
Volviendo al estado, hablo de uno que ofrece una especie de seguridad ladina; uno que otorga una considerable porción espacial de autodeterminación, de la cual podríamos concesionar alguna pulgada cúbica de autonomía a condición de ofrendas, pero no de cualquier bagatela que terminaría guardando polvo en un rincón, sino de reales fragmentos de voluntad ajena, las cuales —avasalladas por la preeminencia de este ánimus que ha logrado una ventaja absoluta sobre ellas que, endebles, han intentado justificar todo con nada— se espera que, una vez usadas para cualquier conveniente fin, se devuelvan a la individualidad dadora, pero mutadas ya en un salto de calidad, a una de comparable sustancia a aquella que la sobrepujó y por la cual se permutó, para así hacer trascender a su origen y, a su lado, forjar talvez una común Wille zur Macht.
Sin embargo el camino se recorre sólo y el equipaje extra me retrasa mi de por sí lento andar, la compañía mal-pensante es también un lastre que disminuye el ritmo de mis latidos; si al menos fuera un perro, el cual camina mi camino sin réplicas, al cual se le alegra con mi sola presencia y del cual solo requiero su sobrante obediencia y leal compañía, podría considerarlo un adorno necesario, sin embargo los lastres mal-pensantes tienen su complejidad y voluntad propia y por si eso no fuera suficiente, están sus terribles consecuencias imprevisibles, por lo cual olvido esa opción de momento, mas quedan en mi subconsciente la angustia de la espera y el regreso: “Porque el tiempo de la vida es incierto, y pese a que eso es otra perogrullada, continuamos haciendo estas pausas periódicas sobre puntos ya recorridos, volvemos con demasiada frecuencia al mismo lugar de partida, caminamos en círculos como si fuera un buen hábito, y cuando cansados nos tiemblan las extremidades inferiores, entonces buscamos un bastón de puño terso, caña de cristal y contera de mentiras, lo asimos con férrea confianza porque la mano que lo sujeta transmite la sensación de seguridad, pero lo cierto es que la voluntad se ha encorvado, así como nuestra columna, caminamos inclinados hacia adelante, casi postrados ante nuestra divina incapacidad, y después de andar así por un tiempo, nos damos cuenta que la distancia avanzada con ayuda de tal vara es insignificante y peor aún, al examinar las huellas dejadas por nuestros pesados pies, confirmamos con acíbar que ha sido un trayecto errático; con ira nos desplomamos al suelo, con la cabeza gacha, sollozando y reconocemos nuevamente que el deleznable tiempo nos ha vuelto a dejar a la vera del camino, para cuando al fin logramos levantar la mirada, apenas atisbamos una estela de polvo que se impregna en nuestra cara, la cual, perpleja por la sorpresa y curtida por la intemperie implacable, no da crédito al nuevo desacierto que se acaba de apuntar a la lista de infamias que me había jurado no volver a cometer.
Como en cualquier transición, el proceso no está exento de percances y el evento del bastón puede que no se vuelva a presentar, al menos no con el mismo bastón.
En el camino de adaptación a este estado —y sólo después de haber perdido la cuenta del número de veces que el crepúsculo nos ha cobijado el llanto y la incertidumbre— aquellas lágrimas teñidas en magenta, dejarán de enturbiar la vista panorámica del cielo que, ahora diáfano y estático, ya no hospedará ni representaciones holográficas producto de alucinaciones epilépticas, ni alianzas bendecidas por tiempo limitado, sino que será simplemente el techo que dé refugio tibio a nuestro brío y ego. En el camino verán como esas mismas lágrimas que un día fueron magenta aceitoso, ahora se han vuelto desierto y con ello se ha cortado la inútil tarea de lubricar los pernios oxidados que, secos por el viento estival ante el cual se juró en falso permanecer, chirriaban al intentar con abulia, abrir las láminas de esa voluntad carcomida, hechas de escrúpulos vanos y venales, que prefirieron mantenerse cerradas a cal y canto, antes de permitir la entrada a la razón redentora.


Una vez se ha acercado lo suficiente a ese punto, el consciente ni siquiera lo percibe de golpe y es hasta algún tiempo después que, pese a que los sentidos se han tratado de avezar al nuevo orden, no deja de sentirse acaso un exilio, una neblina de angustia nueva que ha surgido alrededor del homínido, y la desagradable sensación de no pertenencia lo conmina a comportarse con hosquedad razonada, hacía cualquier afable gesto hacia él; a caminar de puntillas por el escabroso camino de la heurística; a vadear a través fangosos cantos de sirenas; a no errar, no de nuevo, no de aquella forma, no escindido y refugiado. El nuevo orden le ha dado la gracia de la falta de remilgos. Atrás va quedando todo eso y ante él, al final de este tramo del camino, ya percibe el umbral, cada vez más frío, a medida que el rastro de cadáveres de escrúpulos se alarga a las espaldas de nuestro cid, todo el ambiente le confirma el acierto de su destino elegido, y aunque de cuando en cuando se detendrá debido a alguna analepsis vergonzosa, estas son solo parte de la decoración incluida.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Profilaxis -Exordio-


"Alimentaban entonces su mal con signos imponderables, con mensajes desconcertantes: un vuelo de golondrinas, el rosa del atardecer, o esos rayos caprichosos que el sol abandona a veces en las calles desiertas. El mundo exterior que siempre puede salvarnos de todo, no querían verlo, cerraban los ojos sobre él obcecados en acariciar sus quimeras y en perseguir con todas sus fuerzas las imágenes de una tierra donde una luz determinada, dos o tres colinas, el árbol favorito y el rostro de algunas mujeres componían un clima para ellos irreemplazable."
—Albert Camus, La Peste—


Como un fardo, inerte e inanimado, se encontraba tumbado en el piso —visto desde este ángulo, no era más que espacio ocupado de forma egoísta en el vacío, como cada uno de nosotros—. Alrededor de su base se acumulaba polvo blanco y pequeños fragmentos de lo que en algún momento fue un envoltorio de una golosina con nulo valor nutricional; así mismo, a lo largo de su contorno, se veían hebras largas, cortas, y otras enmarañadas en diminutos nudos, todas ellas teñidas en pseudo-borgoña, cuyo falso color era descubierto tan solo a trasluz; también se hallaban pedazos estrujados de una factura que mostraba cifras y letras incompletas, impresas en cárdeno desteñido, resaltadas en un fondo blanco, vestigios de alguna prueba material que descubría, puerilmente, a la víctima de un ardid; más a la izquierda se veían decenas de trizas cuadradas y uniformes, de alguna fotografía rota con los dedos en un arrebato de infierno, que lo retrotraía a un paroxismo de negruzco epílogo; Por otro lado, al acercarse aún más, se apreciaba también una pata de mosca, tres de araña e incontables fragmentos de exoesqueletos de insectos que, acaso terminaron allí con el solo objeto de servir como representaciones convenientes de la calidad perecedera de cada envase, todas vasijas amontonadas que se confundían entre eternas y mortales; manteniendo esa misma línea de ideas, y enfocando la vista aún más en el piso que rodea a este bulto, se apreciaban también incalculables migajas de pan, diminutas partículas de Orégano y Albahaca, granos de azúcar, sal y pimienta, todos ellos desparramados, como condimentando la prórroga y el tiempo, como saborizando la mella en su orgullo; finalmente advertimos, fingiendo no haber tenido la intención de hallarlo, simulando que aguzamos aún más la vista para poder notarlo, entre todo aquél desorden de minúsculos objetos, medio cubierto y medio desnudo, acaso un tris de ella, apenas discernible, apenas vomitable.

Ahora bien, no eran solamente estos restos de desperdicios los únicos que se amontonaban allí, habían muchísimos otros residuos microscópicos que, aunque no vale el esfuerzo incluirlos, se encuentran esmeradamente catalogados y cuidadosamente etiquetados, cuya compañía, en conjunto, era más acogedora que este espacio imaginario, reservado a perpetuidad para ella, el cual se halla allí, todavía medio vacío y medio prestado sin prestatario, casi igual que como cuando ella lo llenaba con su transparencia; sí, me refiero no a un espacio abstracto sino a un lote concreto, que se dio, en alguna ocasión, en comodato, cuyo contrato fue otorgado entre fantasmas y redactado en vitela de fauno, fue un instrumento de contenido falso, cuyo cuerpo contenía una descripción técnica errática, donde sus cláusulas claramente establecían que el suelo del lote se mantendría húmedo de día, por el rocío traslucido que se pasearía en fugaz visita, antes o después de la aurora, y que se evaporaría por las noches, transmutando en cálida neblina; la comodataria sabía el ardid de sobra, ya que la argucia fue planeada en el interior mismo de su invalida inteligencia, desde aún antes de que la oportunidad se le presentara. Ese lote de nombre tan ambiguo que lo llamo memoria, que lo llaman antes, y que lo conocen como amnesia, fue dividido en partes desiguales, la de mayor extensión para él y el resto para la opresión consensuada. Pese a todo lo antedicho, y aún después de que quedara desolada la porción —entregada en trance a la evocadora de maledicencias— ésta todavía se encuentra repleta de su holograma, el cual, pese a su inexistencia acogedora y deprimente, ya no atormenta ni encadena, ya no lesiona ni estorba, sino que sirve de resabio agrio, cuya sola presencia traslúcida es mucho más afable que aquella real, y réproba, que con máscara de piel resollaba en mi rostro.

Es pues, con el reconocimiento del campo, que comienzan las medidas profilácticas que se están a punto de enumerar.

miércoles, 2 de julio de 2014

La epifanía del suelo

¡Y guárdate de los buenos y justos! Con gusto crucifican a quienes se inventan una virtud para sí mismos, -odian al solitario.

-Nietzsche-



En el instante que sucedía al tropiezo -entre la perdida de equilibrio y el seco estrépito provocado por el fuerte impacto contra el inmóvil e inmenso cadáver de hormigón- le quedó suficiente tiempo para pensar cómo debía colocar sus palmas, si debían estar extendidas, o formando un puño, o quizás olvidar el instintivo reflejo de salvaguardar su integridad y permitir, sin deseos de redentora vanidad, que su rostro se perfilara, resaltando el suave revestimiento de piel de su pómulo derecho, y cayera libre, sin obstáculo, ni gemido. En todo caso, no había forma de elegir la opción uno, ya que sus muñecas se encontraban inmovilizadas, sujetas una a la otra con un terso retazo; habían sido enlazadas con pseudocristiana violencia, hacía algún tiempo, quizás dieciocho meses, quizás setenta y seis o quizás solo tres; los purpúreos coágulos de sangre se asomaban en su oscura piel, alrededor del paño de seda que recorría, con seis vueltas, la coyuntura entre los brazos y manos de este sujeto de prueba; el perfecto nudo que adornaba el enlazado de sus extremidades era uno diagonal, su apariencia era una insoslayable visión de esa equis que, al girarla noventa grados a la izquierda, se convertía en ese infame emblema de benevolencia -que aquellas desabridas ejecutoras tanto veneraban desde sus insensatas e incomprensibles entrañas, que ni el peor de los arúspices pudo haber interpretado- equis girada de regocijo estéril, cuya representación canta celestiales melodías para ellas, pero para él... para él es silencio infinito y vacuo, pues su sordera tonal, hacia estas fantasías de ultramundo, hace algún tiempo dejó de ser una incapacidad; ahora se ha convertido en el pendón de su mortal estado, en el tranquilo sueño de una noche sin sueños ni rocío escarlata; en la segura muerte sin resurrección ni reencarnación; en el palpable “hoy” sin el incierto “mañana”; en el polvo que cubre el espejo que, borroso y empañado, refleja la inmanencia de su feo rostro así como su bella permanencia.

Después de haber considerado todo lo anterior -en un par de decisegundos- se escuchó un azote impetuoso; con su repugnante rostro acarició el frío y rígido suelo, como si se le hubiese ordenado odiarlo, como si se le hubiese ordenado pulverizarlo, como si se le hubiese ordenado volver a cada punto de inflexión de su miserable vida, a beber los mismos sorbos de cianuro, que con gusto saboreó -y volvería a saborear cuantas veces le ofrecieran la copa o incluso una crátera repleta, lo haría con alegre disposición, trémulo de emoción, una y otra vez-.

Ni siquiera tuvo tiempo de sentir dolor alguno, el impacto le produjo ira; No había necesidad de analizar su causa, no había tiempo de considerar sus inmediatas consecuencias y mucho menos sus posteriores repercusiones; ¿acaso alguien lo hacía?, ¿acaso existía algún consejo serio enunciado por alguien que representara a esta estirpe de títeres con autodeterminación?, el sujeto de prueba no se encontraba en condiciones de escuchar una apología de la asamblea de borregos así que optó por ensordecer aun más su soberbia.

Oyó a lo lejos un balido, pero fue solo en su mente -pensó-, las ovejas aún pastaban en los montes del altísimo absurdo, no molestarán sino hasta el domingo. Apretó sus dientes, y deseó desear algo… al final no deseó nada. Bufó en el suelo, el aire cálido que salió de sus fosas nasales levantó partículas de polvo que se suspendieron un instante en el aire para luego adherirse a su rostro; él cerró sus ojos inmediatamente, sin embargo, sus labios –aún húmedos- se impregnaron de blanca suciedad, él los contrajo en inútil intento de impedir que sus papilas saborearan el conocido sabor de la deshonrosa derrota; el polvo fue más rápido y miles de moléculas se mezclaban dentro de su boca, haciéndolo recordar su origen y fin.

Pensaba en el fin de esta bochornosa escena, sin intenciones de levantarse o desatarse, se mantuvo en la posición en la cual había quedado al caer. Todo era, en cualquier caso, un inmenso círculo vicioso, como uno formado por un negro carrusel de buitres planeando sobre su cadáver expuesto en el suelo, casi los podía oír, imaginaba sus sombras haciendo remolinos alrededor de este embalaje de carne pensante, aun viva. Meditaba por un momento que ya no habían más deseos de continuar con el pernicioso plan de multiplicar por dos su unidad, ya que, se había dado cuenta que el objetivo era tan alcanzable como inalcanzable, era tan claro como incierto, era tan necesario como innecesario, su vida misma era una antinomia y ya no tenía ningún interés en seguir calentando su crisol para que luego se forjaran aceros que atravesaran su espalda.

La brisa de invierno acarició su espalda. Recordaba una ocasión en que el viento abanicaba arena en el aire, mientras él entregaba una de sus historias prestadas a alguien, él pensaba que era un regalo, el destinatario pensaba que era desechable, no sabía que debía conservarlo, ¿quién debería saberlo? de tal modo que lo descartó. Este ultimo recuerdo lo devolvió inmediatamente a ponderar su actual estado, le parecía que la vida había decidido descartar su existencia, lo cual le agradaba, ya que no deseaba seguir respirando este falso aire que no sustentaba sus pulmones. El ethos de los transmundanos que lo circundaban lo airaba más. Se dio la vuelta, de cara al sol, cuyo calor y resplandor le lastimaban los ojos y quemaban su cara pero, a la vez, le aliviaba la certidumbre y le refrescaba la memoria de que, el cielo que lo contiene y todo lo que sus sentidos escrutan, aniquilaron una vez el etéreo bastón que jamás asirá de nuevo; Entonces escupió al cielo, apartó su cara para no recibirlo de regreso, desató sus manos y regresó andando, tranquilo y sin mover los brazos, casi levitando por donde no había venido.


sábado, 8 de febrero de 2014

Errata Mental IV

"Me pregunto si a veces no desea verse libre de ese dolor monótono, de ese masculleo que vuelve no bien deja de cantar; me pregunto si no desea sufrir un buen golpe, hundirse en la desesperación. Pero de todos modos, sería imposible: está atada"
Sartre - La Nausea


   A ciento veinte minutos menos de aquel momento en el cual embragabas con pericia, presionando con tu pequeño y delicado sesamoideo el pedal, justo cuando la sombra de nuestro huso horario era más espesa que la de nuestro héroe (sic); él cavilaba, tal vez, una triunfal aparición como nunca antes la hizo, una impresionante manifestación que te hiciera desbordar de gozo y emoción, un disparo de perdigones de suerte apuntando a la diminuta, confusa y casi adivinada diana de tu núcleo palpitante.
Su fervor en los detalles siempre fue el punto fuerte que opacó mi bronce, ya de por sí borroso, de buenas intenciones que nunca logró rebosar en plenitud porque nunca supo, porque nunca tuvo, porque nunca había abrazado como lo hizo en esta ocasión, la inefable inmensidad de tu diminuta silueta.
El plan había sido elucubrado, fijado e impermeabilizado por ambos desde hacía mucho tiempo, quizás desde siempre. Durante todo este sinuoso paseo hacia el futuro del pasado pausado, fui el que supo y decidió menos, fui el que únicamente se remitía a ver con esperanza trémula y de soslayo las constantes señales que -a veces inequívocas, a veces inciertas- brindabas sin perdón futuro en cada uno de los escenarios que creamos de improvisto a lo largo de este corto paseo.
La apacible luz de luna resplandecía y llenaba el espacio intocable que se abría ante el coche platino, mientras que nuestro artesano de metales de segundo grado proseguía su inquisidora tarea virtual a la distancia; él debía aún experimentar una última espera implacable de lúgubre silencio seco, la cual no fue lo suficiente hiriente como en realidad debió serlo, ya que no existía aún aprensión pétrea rojiza dentro de su ser, o al menos él la negaba. El teatro del último trimestre era una constante lucha que él perdía por carecer de presencia sólida y que, curiosamente, a la vez ganaba sin esforzarse mucho porque... porque quizás Brahma así lo quiso cuando creó en un sueño a todo este circo de marionetas de músculos y voluntades; por otro lado yo perdía sin saberlo ni desearlo, perdía entregando ofrendas votivas a los pies de la imagen de cera y barniz acrílico, entregando dádivas insignificantes con casi nulo valor en sí, cuyo importe fue en todo sentido ínfimo e incomparable al motivo y deseo imbíbito en cada evento material que emanaba de mis más íntimos deseos de que permanecieras a mi lado. Oh, ominoso y perenne afán de desear aquel etéreo Yanna terrenal contigo.


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   Sentado en el cómodo y acolchado asiento forrado con suave poliéster, pensaba -en un instante- en el próximo acontecimiento que paulatinamente se descubriría a sí mismo, al pensar lo acompañaba la ya conocida ansiedad de que se revelara todo, pero no en un segundo, sino de forma gradual, como fresca brisa que anuncia un monzón.
Creo que salimos por el sendero que cruza pestilencias de antaño y que corta entre proveedores de alcaloides inhibidores o tal vez por el otro que atraviesa tres cadáveres de oscuro aceite de roca; no lo recuerdo bien, no importa mucho, en todo caso el trecho no fue extenso, la memoria solo perpetuó tu presencia contigua a la mía, la cual lo era todo y ahora es menos que nada. Las voces que intercambiábamos flotaban en el justo espacio que cubría el acero de tu carruaje, flotaban transportando triviales cumplidos que se desvanecían al haber penetrado el oído y el entendimiento distraídos. El amplio manto sin luz que cobijaba este cuarto estadio perteneciente al despido de sueños claudicados fue el más frío, el más endeble, el más desapercibido. -la razón de la comba trazada entre tu mentón y tu perceptor de aromas era tan indescifrable como la razón que te había llevado hasta ese preciso momento-.

Una mínima llovizna humedecía la capa rígida que eleva, unos centímetros por encima del nivel de la corteza terrestre, a esta civilizada comunidad de primates racionales; fue un limpio aparcamiento en posición de salida, con casi una víctima femenina imprudente de por medio; yo salí primero, luego tú: tu pie izquierdo pisó el suelo, tu atractiva cadera giró noventa grados hacia la izquierda y luego tu pie derecho le hizo compañía al otro en el sólido piso; emergiste con gracia, en la mano izquierda las llaves y el pequeño dispositivo que a distancia mandó una invisible señal que provocó ese particular sonido de ganso electrónico graznando, le tenías poco o nada de aprecio a este sonido, nunca supe ni indagué por qué lo mantenías. Nos dirigimos, entre escasas almas parlantes, hacia la entrada de este sitio donde los abarrotes se apilan con oscura y meticulosa intención; entre comestibles y desechables la gente atiborra estos lugares día con día, buscando con la vista; palpando y oliendo; comparando y lamentando; apresurados o serenos, encontrando objetos de necesidades inmediatas o de simple trivialidad -lo segundo era nuestro caso-. Te indiqué el lugar donde exhiben los zumos de frutas artificiales envasados en PET o en aluminio, no recuerdo cuál fue la elección, en todo caso cuatro de pera fueron los escogidos, era la única razón de nuestra visita al mencionado lugar; ya en la fila destinada a perfeccionar la compraventa, te detuviste a apreciar los diversos polímeros masticables, de entre los cuales elegiste el saborizado con xilitol y uno más con un fluído en su núcleo, este último fue una tajante remembranza de los días de recreo entre las mediocres clases seculares de fin de primaria y de decenio, cuando el motivo de mi asistencia eras tú -no el conocimiento banal útil o inútil, ni siquiera el deseo circunstancial de congraciarse con los cuidadores de nuestra inocencia- sino tú, la misma que después de cinco lustros, está justo aquí, de pie a mi lado, la misma efigie de lo sublime y que ahora es solo el espectro de lo ajeno. Pero hubo un artículo más que atrapó el interés de ambos -ya que en todo este teatro previo al desenlace inminente que habíamos consentido sin exteriorizarlo, estaba claramente establecido cuál sería el siguiente sitio y acontecimiento no acaecido pero ya acariciado-, este artículo fue un paquete de quince bengalas cuya combustión no expele luz sino extraña calma védica, el cual trajo otros estímulos de memoria que nada tienen que ver con el presente acto, pero que curiosamente se colaron a través del tamiz de la relevancia coyuntural, el cual no siempre es consecuente con lo existencialmente importante en el momento, es decir: ; de entre las tres opciones escogí el proveniente del árbol santaláceo y tú asentiste con una sonrisa que emanaba recuerdos de aroma mucho más reconfortante que el de las bengalas que ahora sostenía en mi mano. Estela, la cajera, escaneó con sereno profesionalismo pueril las cantidades codificadas, asignadas en blancas etiquetas con líneas negras de distinto grosor milimétrico, que con experiencia encontraba en aleatorios lugares de los artículos con un ligero movimiento. El total fue $5.35, el dominio se trasladó en unos segundos, utilizando el retrato impreso de Alexander Hamilton -otra de las tantas actividades trilladas de esta sociedad mercantilista- el ticket proporcionado marcó la fecha y la hora: 4/12/13, 07:44:04 p.m., lo tomé sin inspeccionar absolutamente nada más aparte de la cifra que acababa de cancelar o quizás ni siquiera eso, lo introduje en uno de mis bolsillos y tomé la bolsa de polietileno que contenía los productos que acabábamos de adquirir. La salida al exterior tuvo ese efecto reconfortante de viernes por la noche, donde la luna era cubierta por los edificios, por los árboles, por los letreros de diez metros o cualquier otro objeto inerte que bloquea la vista y su perspectiva inclinada. no había brisa, solo la eterna humedad de este país tropical y la relativa calma que el oscuro inicio de la noche presiona en tu consciente; tu cándido andar invitaba a tomarte la mano, pero era un paseo demasiado corto, y ya iba a haber tiempo para expresiones más cálidas dentro de unos minutos; mientras tanto adivinaba tu cuerpo al otro lado del automóvil: escuchaba cómo introducías la llave y halabas con firmeza y calma la puerta del piloto, te colocabas en tu asiento forrado de suave material sintético y alargabas el brazo para accionar la palanca que liberaba el seguro que sujetaba la puerta del copiloto. Yo tomaba mi puesto y dejaba que el silencio se rompiera con la ignición del motor, me acerqué a tu presencia y demostré mi devoción por ti de la forma más conocida. 

Todo se desarrollaba con detallada precisión, como no había sido planeado, como nunca pensaste que ibas a perder el control, como siempre lo condenó y temió nuestro orfebre, el cual, a la distancia, estaba a punto de emerger y romper el trance que fue tejido con representaciones oníricas, atenciones intercambiables en cifras, sonidos gesticulados con íntimos deseos, recuerdos y caricias retenidas por largo y tedioso tiempo que se perdió en el estanque de la desidia y la derrota. Pero más cerca de ti, en ese momento, estaba yo, el motivo de confusión y calma, un objeto multivalente que era necesario deponer antes que el futuro que habías tejido con anterioridad no soportara más remiendos de sencilla y barata madeja, y yo sonreía sin saberlo. El coche se movió y ahora pasábamos a la escena final de este día: "por el túnel es más expedito" -señalé- y tú volviste a embragar y cambiabas a tercera, quinientos metros nos dividían del pórtico mágico y ambos irradiábamos impaciencia.


***********


Era difícil o casi imposible, para nuestro hidalgo de felices cuentos, pensar en otro sentido que no fuera el que claramente veía. Era tan difícil aceptar que todo este tiempo atrás fue solo una triste y pobre escenificación de alguna realidad alterna. Ahora que trata de ver a través del caleidoscopio de la retrospección, no encuentra forma de armar este rompecabezas de tres piezas, a veces son seis, otras doce y otras veinticuatro, como las horas del día. Oh, la realidad es un bufón profesional que gusta burlarse de nuestros más solemnes sueños. De repente ha perdido señal y enlace con nuestra bella constelación de recuerdos y alegrías. Por alguna razón ella ha dejado de contestar sus indagaciones digitadas en transparente cristal de colores y símbolos transmitidos en el tiempo y el espacio, a través de fibra óptica e imaginación. 
-Puede que esté dormida. Piensa él-.
-Puede que esté comiendo. Reestructura la idea-.
-Puede que simplemente no esté de humor. Concluye, ignorando la clara escena por la cual atraviesa-.
Opta entonces por recordar lo bueno que fue, en otra dimensión, en otro mundo o en otro tiempo tal vez, donde lo único que importaba era la burbuja de seguridad y simpatía exclusiva que repelía cuanta alimaña atraía la alacena; el botín siempre fue exorbitante, él lo sabía. 
Nada que hacer por el momento; decidió descansar, mientras esperaba la llamada de Morfeo o cualquier otro hijo de Hipnos.
Lo único que deseaba era pasar estas últimas horas sin el persistente deseo de adivinar que ocurría al otro lado del velo casi rasgado de su ignorancia.
-Solo unas horas más, solo unas horas más. Se repetía constantemente-. 
Eran las 5:44:44 p.m. en su reloj y todo mantenía la apariencia común: roto y gastado; la gente yendo y viniendo debía causarle alguna sensación de alivio a su percepción de vacío y soledad, pero nada de lo que veía era ella, el vasto espacio que lo tragaba no era el objetivo de su vida, nadie era el motivo de su muerte sino ella. Todo y todos a su alrededor eran solo típicas representaciones de la tierra, lo que todos y nadie ve a través de los globos oculares; son todos maniquís antropomorfos con historias propias y sin importancia; son todas sombras de árboles que no producen oxígeno que él pueda respirar; ninguno ni nada era ella, ella estaba con aquél intruso -aunque nuestro orfebre lo soslayara- esa era la tangible sustantividad, y él sonrió con ironía mientras ignoraba una bella silueta femenina que pasaba ante él. 
-¡Vete de aquí indigna idea que traspasa idilios nacidos de infinita sinfonía!. Exclamaba en sus adentros-. -¡Vete de aquí, oh, bestia jadeante que transpira sulfuro!. Esta vez su expresión fue casi audible y se llevó sus palmas a su rostro, casi sollozando lamentos que ella no escuchó-.





sábado, 28 de diciembre de 2013

De Salarrué, la cena para llevar, el fragmento de pintura de carrocería incrustado en la valla y las alas de mantis religiosa.


Joe


¿Dónde había de conservar yo el mío? Nadie se mete el pasado en el bolsillo; hay que tener una casa para acomodarlo. Mi cuerpo es lo único que poseo; un hombre solo, con su cuerpo, no puede detener los recuerdos; le pasan a través. No debería quejarme: sólo quise ser libre.
La Náusea - Sartre


Érase una vez, cuando las invitaciones eran monocromáticas y la amnistía beneficiaba casi al instante sin excepciones, que sucedió el siguiente acontecimiento:

  El tiempo se detenía cansado en la hora diecisiete, para luego seguir avanzando en su infinito recorrido vicioso por caminos de cardos y espinas. Un adiós -ligero como partículas de polvo- hacia los demás, hacia los óleos de escenas cotidianas y una parábola, con su vértice al sur, trazada en el rostro, para ti. 
Esta iba a ser una noche singular -como cada una de aquellas que aún no se han desvanecido, sino que siguen acá, azules, negras o grises como el grafito, en las que sin que lo supieras ni quisieras, heriste de forma limpia con tu kris de once crestas, desde el punto más externo de la epidermis hasta el tuétano de la pusilánime voluntad, infligiéndole una cortada profunda que eliminaba fibroblastos a su suave y gentil paso a través de los tejidos, nada que hacer para evitarlo y el daño persiste-.

  Como en otras ocasiones de luz, tu intrigante traslado sobre pétreo sendero negro -desde el edificio de piedra y cables hacia el edificio de cristales y más cables- se convertía en una huida tersa como plumaje de ave; ascendí un peldaño como guiado por tu mirada, deslizándome en invisible hilo que me indicaba el lado del copiloto, un saludo rosado o amarillo -no lo recuerdo, la estática me lo impide-, seguido de lo cual me senté y la marcha prosiguió; observaba, sin fijarme en los detalles, el conocido camino a través del parabrisas, así como el tablero oscuro entre mi humanidad y el vidrio en desenfoque, y tu bella silueta adivinada justo a mi izquierda. Una breve taquicardia denotaba la sonrisa interna que temía emanar libre y amplia, significando todo lo que no dije en esa ocasión, lo que imaginé y borré en el momento, nada de importancia sustancial, sin embargo hubiese sido uno de tantos testimonios muertos que pude haber resucitado en aquel día de tu juicio intransigente, no importa ya.

  El viaje fue breve, el primer destino fue el mismo al del tercer ópalo, el mismo que presenció las horas previas al traspaso del parapeto final, en ese día de lluvia tímida, cuando vestiste de blanco hasta las muñecas y tu pasado se entrelazó con dos cuerdas de distinta fibra.
En esta ocasión no había suficiente suelo libre para acomodar tu plateado carruaje, de tal modo que una inmediata maniobra lo dejó al cobijo del estático ornamento natural; nos dirigimos al fondo de la estancia de canela y solicitamos en azafate un conjunto de tejidos musculares sometidos por un tiempo prudencial a abrazador calor con el fin de hacer comestible una vida cercenada por el rudimentario bisturí de la costumbre culinaria adoptada. Los intercambios de símbolos audibles fueron tan comunes que, en ese segundo, nada ponía al descubierto el más leve indicio de una fisura mayor a las sufridas hasta ese momento, y yo me dejaba llevar por el dulce flujo de los acontecimientos, dando por sentada mi propiedad sobre lo que, quizás, en ningún momento poseí; debí disfrutar en detalle cada instante, debí hacer y decir algo más inteligente -l'esprit de l'escalier-; me produce un efecto fastidioso el disculparme por no haber sido la sustancia que ya era en ese momento.
Impertinentemente, a media degustación de los restos cocidos de una vida, me solicitaban información de nuestra llegada al siguiente evento, lo cual te exasperó, respondí de forma somera y continué con la apreciación de tu sonrisa mientras comías. Al final del ritual nocturno de la alimentación, sobraron porciones cobrizas que amablemente se colocaron en el pequeño cofre de poliestireno expandido. Recuerdo que dicho cofre permaneció posiblemente un día entero dentro del aposento móvil, no recuerdo el destino final de él.

  El escape de este lugar fue otro de esos eventos tan intrascendentes para un tercero pero tan alegórico para el personaje principal, para el que lo presenció con ojos de retención onírica. Siempre disfruté apreciar tu bella coordinación al conducir, había cierto placer en mi sentimiento de impotencia y en la sobrevaloración de tus destrezas que no poseo, un sentir conocido y peculiar; Me situé a un lado del automotor, esperando que lo colocaras en el sitio indicado, -el hombre del artilugio que separa espíritus de cuerpos observaba sin ayudar mucho- intentabas una táctica evasiva de giro que involucraba el estrecho corredor frente al instituto de las barras y estrellas, esta vez tu infalible percepción espacial se vio opacada, un ruido seco se escuchó proveniente del flanco izquierdo, un leve golpe y una herida en el duro metal había arrancado diminutas porciones de plateada piel que reviste tu carruaje, quedando incrustado un pequeño fragmento en una de las caras de alguno de los delgados barrotes que protegen nada y solo estrechan el sendero a través del cual quisiste moverte(1). Una subsecuente explosión de furia y descontento con tus propias habilidades le siguió a ese pequeño percance, nada que una bebida carbonatada y nicotina no puedan calmar, sin embargo la nicotina iba esperar un poco más. Nos retiramos dándole la espalda a la chimenea natural, minutos después te encontrabas acomodando el carruaje en la caverna, yo me adelanté para entregar los derechos de entrada, mientra tú te dirigías hacia la inmensa alacena a permutar por papel moneda los productos mencionados anteriormente. Breve tiempo después nos reunimos de nuevo, el rojo cilindro de lata -que sostenía con liviana fuerza tu mano- llama mi atención, no es nada nuevo, ni nada extraño, es solo una de las tantas apreciaciones de tus conductas insustanciales, sigo deliberadamente celestializando cada una de tus acciones, no lo puedo controlar. Es casi hora de entrar al salón de las butacas vacías y me pregunto qué sucederá.

   La experiencia era nueva, no logro hacer coincidir esta situación con otra vivida, la ruta de años recorrida hasta este momento ha sido tan pobre en acontecimientos tan comunes como este. Te encuentras ahora a mi lado, al alcance de mi brazo derecho que ahora rodea tus hombros, un sentimiento de seguridad franca rodea a la vez nuestros seres, o al menos el mío; no hay evento ni fuerza que desvincule el lazo espectral que une nuestras esencias en ese momento, la oscura estancia hace propicio el pensar sobre ello. Los interpretes aparecen uno a uno, fue entonces que tu palma derecha cubrió mis pupilas por un momento, un candoroso gesto que me hizo sonreír de forma sincera. 
La presentación fue impecable, el uso estrambótico de las palabras se me hacía tan conocido y a la vez tan difícil de seguir, me sentí confundido por instantes, hubieron momentos en que no pude llevar el hilo de la historia, sin embargo el sentido era claro, trataba de interpretar más rápido de lo que escuchaba, mientras -en mis adentros- suplicaba que no te durmieras, que encontraras el aspecto entretenido oculto de la escena o al menos que siguieras simulando una atención solemne como muy bien lo estabas logrando. Besaba el dorso de tu mano o tu hombro de vez en vez y la oscuridad de la sala seguía reconfortándome. Los tres cuentos pasaron en cuarenta y cinco minutos más o menos; no hay mucho que describir de esta escena, al menos no encuentro las palabras adecuadas para hacerlo, basta decir que fue uno de esos eventos que llenan satisfactoriamente una expectativa parcialmente desconocida.
Al final se dio el pequeño desorden propio de las salidas de una estancia como esta, la huida de ambos fue desapercibida por el conjunto de extraños que llenaban el lobby, cuadros y obras alusivas adornaban el lugar. Nos apresuramos a salir; optamos por entrar a la bóveda que descendía a la caverna. recuerdo dos mujeres y un hombre hablando, un fragmento de su conversación banal quedó retenida sin ningún sentido en mi memoria, no vale la pena mencionarlo. El enfado surgió de nuevo cuando contemplaste otra vez el impacto en el extremo del conductor, no podía cambiar tu sentir; dentro de tu carruaje permanecía cierto aroma proveniente del pequeño cofre blanco que posaba en el asiento de atrás, lo tratamos de ignorar. Ya acomodados en la parte frontal, introdujiste la pieza dentada de aluminio en la ranura al lado del volante, el motor de arranque se acciona y el cigüeñal inicia su giro. Mientras eso sucede sigo acariciando tu presencia. Aún no termina la velada, falta el tercer evento.

   El día está expirando, la oscuridad ha cubierto este huso horario desde hace ya casi tres horas, las calles han regurgitado y vuelto a tragar carne y metal. El humo se ha solidificado y caído, confundiéndose con el negro asfalto; hay una especie de reverencia forzada en algunos tramos de la calle que divide nuestra ubicación de mi aposento -donde planeabas entregarme en ese momento-, comentábamos lo ocurrido hacía unos minutos, había solaz y calma en nuestras voces, algunos roces de tersa voz pausaban la plática durante el conocido recorrido, mientras tanto, dentro de tu conciencia, un emergente deseo proveniente del segundo círculo dantesco cobraba vida y yo aun no lo percibía. Los semáforos colgando a cinco metros y medio del suelo parecen máquinas ejecutadas y expuestas al público con luces navideñas, dando un mensaje que aún no puedo inventar, vemos que la luz de sangre se ha activado en ese momento y suavemente presionas con tu talón el embrague y el freno a la vez, acto seguido, con tu mano derecha levantas con fuerza la palanca del freno de mano, el auto se detiene con firmeza, la energía cinética de nuestros cuerpos encuentra un tope en la cinta de nylon que cruza nuestros pechos, nuestras espaldas son empujadas levemente hacia el suave respaldo de los asientos y vuelvo mi mirada hacia tu rostro, no puedo evitar la sonrisa de satisfacción al ver tu belleza y tu optas por ignorarla unos segundos. Pienso que el tiempo que hemos acumulado tras una luz roja puede ser igual de improductivo al tiempo dominical, no lo sé, es difícil determinarlo. "Verde", el sucinto viaje continúa.
Al fin nos encontramos a la entrada del sendero que me conduciría de nuevo al punto inicial de ese día, pero antes de llegar allí hubo una vuelta al final de otro sendero que conducía a este en cuestión para colocarte en posición de salida. Las despedidas son siempre vacilantes, frente a frente parece como si el tiempo no hubiese pasado, es como en aquellos días cuando nos dirigíamos miradas -con las páginas que guardaban letras que nadie recuerda, en nuestras espaldas, colgando de tejidos sintéticos teñidos y bordados-. El desenlace de las miradas eran húmedas expresiones de cariño, como sílabas que acarician sílabas, una palabra de eterna imagen retenida en el monitor virtual del alma, así comenzó la oración y subsiguiente párrafo que acabó un par de horas después. La emoción incandescente fue encendida y no existía intención de sofocarla; la gasolina fue inyectada de nuevo hacia la cámara que la hacía explotar y los pistones trabajaban de nuevo para mover las siluetas que determinaban en ese instante el dulce espectáculo del cual serían partícipes activos a continuación.

   Escaseaban, en ese estuche que contiene identidades y maldad del inframundo, algunas alas de mantis religiosa, no se había previsto que, a medio claro de luna, sucumbiese el reflejo de la razón ante la traslúcida figura de nuestras humanidades básicas. El contorno de tu silueta formaba el espacio que ahora se movía retrocediendo kilometraje recién gastado. Había un nido de mantodeos no muy lejos de donde iniciamos a desandar, estaba a punto de adelantarme pero observé algunas presencias que me hicieron dimitir del cargo autoimpuesto de recolector de apéndices verdes. En nuestro descomedido frenesí ctónico decidimos incursionar uno o dos kilometros hacia el este, en los terrenos del santo ilustre en la batalla, donde ya sin temores ni presencias adversas, obtuve, mediante el muy conocido algoritmo, las alas requeridas para permanecer en el cómodo paralelogramo, donde las dos expresiones algebraicas solucionaban de forma perfecta sus incógnitas. Las variables que se desvelaron al paso del tiempo, que invertimos, proyectando luz en el negro domo imaginario, que coronaba nuestro cielo privado, tomaban valores delicados carmesí. No había razón para detener lo que estaba ocurriendo, nunca lo quisimos detener, siempre cedimos con agrado.
Los versos convertidos en dos hologramas entrelazados, y articulados, seguían la trillada pero emotiva secuencia de fonemas al final de cada línea, el ritmo era conocido y la lectura deleitaba cada sentido, no existía mejor representación de haber alcanzado sincronicidad en ese preciso momento, momento en el cual experimenté el azar objetivo que se descubría a sí mismo como imagen surrealista de un sueño finito que jamás debió acabar.


(1) Debo reconocer que días después de la infame aparición -cuando regresaba del lugar de los cristales y cables hacia mi estancia- con sincera glorificación hacia el recuerdo, tomé con nostalgia el fragmento que estaba todavía allí, como testigo de que esa memoria no había muerto, no hasta que la quisiera aniquilar, sin embargo, yo preferí llevármela y colocarla en la imagen que adorna el presente epígrafe y así pervivirla.


martes, 8 de octubre de 2013

La Ánima Auspiciada

Joe

"Cada instante aparece para traer los siguientes. Me aferro a cada instante con toda el alma; sé que es único, irreemplazable, y sin embargo no movería un dedo para impedir su aniquilación"
La Náusea - Sartre

  Deambulando sobre el gastado tiempo que se repite, iba cierto espectro, frío y gris, tibio e invisible, la costa y el océano lo veían en su procesión.
  Había esperado todo este tiempo, con paciencia mortecina, la señal del faro, la luz que besara su rostro y le devolviera de nuevo el septentrión. Debieron pasar todavía cuatro manifestaciones palpables antes que la blanca luz se posara sobre él, traspasándolo y llenando la oquedad de su ánima.
El exordio que abrió la secuencia de eventos que estaban a punto de acontecer no pudo ser menos que confuso, La luz del faro no llegó plena ni en el momento esperado, el espectro debió vagar a tientas en la penumbra lunar, adivinando la ubicación exacta del sitio inicial, la cual se desveló hasta pasado el pánico del desprecio; entonces, fue allí -en un paraje tan circunstancial como el encuentro- donde la cadencia de miradas y gestos convergieron en un aceleración del sístole y diástole; La luz era ella, la materialización de una pléyade, una visión sobria de celestial luminiscencia; se acercaban al inicio con calidez circunspecta, con solemnidad inmaculada; a ese mismo ritmo se desbordaba el flujo apacible del contacto dérmico, efluvios de dióxido de carbono llenaban el pequeño espacio movible y el lino de silencio era desgarrado por la profana súplica granate. Fue solo el ensayo.
  El 11 illuminati consagró el amanecer de esta era de la sonrisa no ficticia, de esta época de las incertidumbres azules, negras y moradas; donde tres y seis fueron las coordenadas designadas desde antes del azar para reconciliar aspectos no conocidos de ambos seres: luz y espectro traspasándose en un idílico crepúsculo que bañó sus convicciones con perfume de moca y destiló hacia la médula la esencia de la incertidumbre. El aura requería silencio, más el espectro arrastraba sus cadenas de razón, ensordeciendo el momento por un instante, la luz terminó llenando la recámara con oscuridad tímida, con mantras nocturnos y caricias carmesí. El frenesí aniquilador de cronos se desplegó hasta el segundo canto del alba y los futuros impensables se esculpían en roca sedimentaria.
  Arreboles reflejados en los cristales del edificio de peticiones, dan generosamente su luz de arcilla a estos ojos de fantasma que no lo necesitan porque no han alejado el iris del incandescente filamento dentro de tu pecho. -Sereno y quieto- un murmullo apenas se escapa de sus laringe, como suplicando no escucharse para que la luz se lamentase en un posterior estudio retrospectivo, como deseando apenas escucharse para que la luz adivinase el juicio y lo abrazase como suyo porque lo reconoció, porque lo cobijó y le brindó auspicio por siempre.

domingo, 15 de septiembre de 2013

El breve percance

Regla Tres: La intrepidez y precipitación en la consolidación de percepciones nunca es la mejor de las opciones...

Cortaba por el medio al noveno desastre del corriente ciclo, hacía ya algún tiempo que no arriesgaba un esfuerzo en esta área; fue demasiado presuntuoso desde su génesis,quizás hizo falta enterrar un poco más de vacío con menos barro, siempre quise dejar que se vislumbrara un destello de nada en el fondo... Siempre tuve pánico de apilar los bloques desordenados, sin armonía y sin sostén... La petición fue denegada y la extradición en curso es inalterable.
Otra vez es tiempo de balancear hacia el lado ciego el peso de la apetencia, que sea el azar el sabio de nuevo.

Necio

Shyla - EP

jueves, 12 de septiembre de 2013

MCMXCVIII

Joe

La materialización de un evento ideal, que brotó de evocaciones remotas, es la mejor representación de la dicha de estar vivo. 
-Jared Pérez-

   Pronostiqué atracar antes del ocaso -suponía que ya no estabas dentro del barco- la tripulación ha menguado de forma escalonada desde que la brisa de la noche acarició la palma que trazaba indistintamente errores que no merecen arrepentimiento. La brisa de la oscuridad discurrió por cada una de las estancias del velero -ahora, casi vacío, casi sin materia pensante dentro- sin embargo seguía escribiendo mi deseo, seguía buscando algo que rescatar, algo precioso, algo que aún irradiara calor.
   Fue entonces que advertí, entre las memorias de este Océano, la bella y única presencia de lo inconcluso, de aquello que inició en el amanecer de nuestra vesania, en la época de nuestra candidez; las remembranzas de la educación formal se entrelazaban con los ingenuos intentos de un frenesí incipiente ¡Firmamento y núcleo de la tierra!. 
   Ya no había desierto en cubierta, te manifestaste allí, en medio, con aura centelleante y semblante seráfico; regresabas por el hombre desamparado -que escribía su postrera epístola antes de lanzarse desde la proa- Con la vista acaricié minuciosamente tu rostro mientras rompían las olas en el canto y humedecían mi dorso con salino océano.
   Se precipitaban una a una las frías gotas, perforando la impermeable capa del olvido inerte, una a una se evaporaron las gotas dentro del núcleo y limpiaron desde el interior la sustancia que nunca se fue, que siempre estuvo allí, dejando ver a través de su diáfana existencia el anhelo inacabado, anhelo que impelió la resurrección del febril estado que reposaba; inició con la tersa voz de rosado satén, casi forzada, con intención recíproca pero leve, las subsiguientes aumentaron intensidad, pese a que no eran nuevas se descubrían en cada palabra, recordando el dulce pretérito de su inocente resonancia. 
   Y fue entonces que ambicioné la paralización de este ciclo y proferí que te había de llevar al piélago -donde pertenecimos- para no volver a la costa, para que la negra brisa de la amnesia no nos toque de nuevo.

The Mars Volta - The Bedlam In Goliath

martes, 30 de julio de 2013

Los 5 Años que no fueron

Albergaba la tenue esperanza de que el perfume del fotograma se quedara aquí, cerca, con los dos, conmigo o al menos que su estela aromática e ígnea almizclara y entibiara el recuerdo -recuerdo que ya no me pertenece porque fue permutado por lo etéreo, por el accidente, por el libro, por el beso, por la noche, por algo, por nada, por mí y por la promesa que nunca fue.... Pero aún, después de mil ochocientos veinticinco eclosiones de luminares y cegueras me vuelvo hacia el arquetipo imperfecto, hacia la moldura inconclusa, hacia mi ensayo del futuro aplicado; donde los datos fueron profanados en razón de la abstracción vacía y quimérica, donde los datos fueron mancillados por la ciega presunción de una sujeción y por el ámbar dulce del espíritu ctónico.
Nada supervivió de los compromisos adquiridos que perecían al paso del luminar, nada supervivió del lascivo ciclo en la divina-abyecta ceguera; Todo parece una solidificación de neblina, atrapado en el centro, cinco metros de profundidad antes de cortar el nervio, la respiración no importa, la figura mental del recuerdo lo sustenta y revitaliza de cuando en cuando, la siguiente capa hará seis metros y no hay vuelta atrás, ya no hay.

Saosin - Translating The Name (2003)

miércoles, 3 de julio de 2013

Estertores de esta ambición

Casualmente me encontraba esperando el descenso de "este evento" cuando se manifestó otro idéntico al esperado... con la única diferencia que... lo negaba completamente, (la desilusión debería ser menos que pasajera en tesituras donde los resultados son indiscriminadamente adversos pese a que se tuvieron los más delicados y minuciosos preparativos que perseguían canalizar determinaciones). En fin, aquí estoy, presenciando el desenvolvimiento de los sucesos que claramente  parecen configurar el desenlace, mas en lo recóndito de mi sustancia anhelo que esta historia este revelando apenas su planteamiento, o al menos, que toda esta desafortunada escena sea solo parte del nudo.
Deseo que pronto asome el cálido final lleno de alborozo, palabras zalameras y enternecedores abrazos y besos... sin embargo, al espabilar un poco me doy cuenta de mi yerro... Ciertamente esta sucediendo -en este momento y ahora- lo que recelaba, lo que consideré como remota contingencia, lo que aborrecí y execré.
...Ahora que me encuentro sobrio veo la agonía palmaria de la ambición y escucho como sus estertores languidecen suave y lentamente; veo la ambición desfalleciendo vacilante, como implorando piedad, como muriendo sin tener la intención, pero antes de la exhalación final ella contempla la luz, luz que jamás vio, abrasión de córnea, revelación calcinante, decepción consumada.

Subseven - Free To Conquer

lunes, 17 de junio de 2013

After The Tragedy

Ha existido, en algún momento de la vida de cada uno, ese estadio incomodo, pesado y mohíno, en el cual -como si fuera la etapa de formar el negativo en el proceso del positivado- queda impreso (en el inconsciente) esa melodía, ese olor o esa imagen que en ulteriores escenas cotidianas se verá -tal cual película expuesta a través de la luz inactínica- revelada, emergiendo y trayendo a la memoria sucesos pretéritos que deseamos-evitamos descartar, pues su efecto lacerante es, a la vez, un analgésico a la abyecta personalidad emotiva de mi humanidad.

The Voyage Of The Reason (2007)