Mostrando entradas con la etiqueta hojalatero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hojalatero. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de febrero de 2014

Errata Mental IV

"Me pregunto si a veces no desea verse libre de ese dolor monótono, de ese masculleo que vuelve no bien deja de cantar; me pregunto si no desea sufrir un buen golpe, hundirse en la desesperación. Pero de todos modos, sería imposible: está atada"
Sartre - La Nausea


   A ciento veinte minutos menos de aquel momento en el cual embragabas con pericia, presionando con tu pequeño y delicado sesamoideo el pedal, justo cuando la sombra de nuestro huso horario era más espesa que la de nuestro héroe (sic); él cavilaba, tal vez, una triunfal aparición como nunca antes la hizo, una impresionante manifestación que te hiciera desbordar de gozo y emoción, un disparo de perdigones de suerte apuntando a la diminuta, confusa y casi adivinada diana de tu núcleo palpitante.
Su fervor en los detalles siempre fue el punto fuerte que opacó mi bronce, ya de por sí borroso, de buenas intenciones que nunca logró rebosar en plenitud porque nunca supo, porque nunca tuvo, porque nunca había abrazado como lo hizo en esta ocasión, la inefable inmensidad de tu diminuta silueta.
El plan había sido elucubrado, fijado e impermeabilizado por ambos desde hacía mucho tiempo, quizás desde siempre. Durante todo este sinuoso paseo hacia el futuro del pasado pausado, fui el que supo y decidió menos, fui el que únicamente se remitía a ver con esperanza trémula y de soslayo las constantes señales que -a veces inequívocas, a veces inciertas- brindabas sin perdón futuro en cada uno de los escenarios que creamos de improvisto a lo largo de este corto paseo.
La apacible luz de luna resplandecía y llenaba el espacio intocable que se abría ante el coche platino, mientras que nuestro artesano de metales de segundo grado proseguía su inquisidora tarea virtual a la distancia; él debía aún experimentar una última espera implacable de lúgubre silencio seco, la cual no fue lo suficiente hiriente como en realidad debió serlo, ya que no existía aún aprensión pétrea rojiza dentro de su ser, o al menos él la negaba. El teatro del último trimestre era una constante lucha que él perdía por carecer de presencia sólida y que, curiosamente, a la vez ganaba sin esforzarse mucho porque... porque quizás Brahma así lo quiso cuando creó en un sueño a todo este circo de marionetas de músculos y voluntades; por otro lado yo perdía sin saberlo ni desearlo, perdía entregando ofrendas votivas a los pies de la imagen de cera y barniz acrílico, entregando dádivas insignificantes con casi nulo valor en sí, cuyo importe fue en todo sentido ínfimo e incomparable al motivo y deseo imbíbito en cada evento material que emanaba de mis más íntimos deseos de que permanecieras a mi lado. Oh, ominoso y perenne afán de desear aquel etéreo Yanna terrenal contigo.


***********


   Sentado en el cómodo y acolchado asiento forrado con suave poliéster, pensaba -en un instante- en el próximo acontecimiento que paulatinamente se descubriría a sí mismo, al pensar lo acompañaba la ya conocida ansiedad de que se revelara todo, pero no en un segundo, sino de forma gradual, como fresca brisa que anuncia un monzón.
Creo que salimos por el sendero que cruza pestilencias de antaño y que corta entre proveedores de alcaloides inhibidores o tal vez por el otro que atraviesa tres cadáveres de oscuro aceite de roca; no lo recuerdo bien, no importa mucho, en todo caso el trecho no fue extenso, la memoria solo perpetuó tu presencia contigua a la mía, la cual lo era todo y ahora es menos que nada. Las voces que intercambiábamos flotaban en el justo espacio que cubría el acero de tu carruaje, flotaban transportando triviales cumplidos que se desvanecían al haber penetrado el oído y el entendimiento distraídos. El amplio manto sin luz que cobijaba este cuarto estadio perteneciente al despido de sueños claudicados fue el más frío, el más endeble, el más desapercibido. -la razón de la comba trazada entre tu mentón y tu perceptor de aromas era tan indescifrable como la razón que te había llevado hasta ese preciso momento-.

Una mínima llovizna humedecía la capa rígida que eleva, unos centímetros por encima del nivel de la corteza terrestre, a esta civilizada comunidad de primates racionales; fue un limpio aparcamiento en posición de salida, con casi una víctima femenina imprudente de por medio; yo salí primero, luego tú: tu pie izquierdo pisó el suelo, tu atractiva cadera giró noventa grados hacia la izquierda y luego tu pie derecho le hizo compañía al otro en el sólido piso; emergiste con gracia, en la mano izquierda las llaves y el pequeño dispositivo que a distancia mandó una invisible señal que provocó ese particular sonido de ganso electrónico graznando, le tenías poco o nada de aprecio a este sonido, nunca supe ni indagué por qué lo mantenías. Nos dirigimos, entre escasas almas parlantes, hacia la entrada de este sitio donde los abarrotes se apilan con oscura y meticulosa intención; entre comestibles y desechables la gente atiborra estos lugares día con día, buscando con la vista; palpando y oliendo; comparando y lamentando; apresurados o serenos, encontrando objetos de necesidades inmediatas o de simple trivialidad -lo segundo era nuestro caso-. Te indiqué el lugar donde exhiben los zumos de frutas artificiales envasados en PET o en aluminio, no recuerdo cuál fue la elección, en todo caso cuatro de pera fueron los escogidos, era la única razón de nuestra visita al mencionado lugar; ya en la fila destinada a perfeccionar la compraventa, te detuviste a apreciar los diversos polímeros masticables, de entre los cuales elegiste el saborizado con xilitol y uno más con un fluído en su núcleo, este último fue una tajante remembranza de los días de recreo entre las mediocres clases seculares de fin de primaria y de decenio, cuando el motivo de mi asistencia eras tú -no el conocimiento banal útil o inútil, ni siquiera el deseo circunstancial de congraciarse con los cuidadores de nuestra inocencia- sino tú, la misma que después de cinco lustros, está justo aquí, de pie a mi lado, la misma efigie de lo sublime y que ahora es solo el espectro de lo ajeno. Pero hubo un artículo más que atrapó el interés de ambos -ya que en todo este teatro previo al desenlace inminente que habíamos consentido sin exteriorizarlo, estaba claramente establecido cuál sería el siguiente sitio y acontecimiento no acaecido pero ya acariciado-, este artículo fue un paquete de quince bengalas cuya combustión no expele luz sino extraña calma védica, el cual trajo otros estímulos de memoria que nada tienen que ver con el presente acto, pero que curiosamente se colaron a través del tamiz de la relevancia coyuntural, el cual no siempre es consecuente con lo existencialmente importante en el momento, es decir: tú; de entre las tres opciones escogí el proveniente del árbol santaláceo y tú asentiste con una sonrisa que emanaba recuerdos de aroma mucho más reconfortante que el de las bengalas que ahora sostenía en mi mano. Estela, la cajera, escaneó con sereno profesionalismo pueril las cantidades codificadas, asignadas en blancas etiquetas con líneas negras de distinto grosor milimétrico, que con experiencia encontraba en aleatorios lugares de los artículos con un ligero movimiento. El total fue $5.35, el dominio se trasladó en unos segundos, utilizando el retrato impreso de Alexander Hamilton -otra de las tantas actividades trilladas de esta sociedad mercantilista- el ticket proporcionado marcó la fecha y la hora: 4/12/13, 07:44:04 p.m., lo tomé sin inspeccionar absolutamente nada más aparte de la cifra que acababa de cancelar o quizás ni siquiera eso, lo introduje en uno de mis bolsillos y tomé la bolsa de polietileno que contenía los productos que acabábamos de adquirir. La salida al exterior tuvo ese efecto reconfortante de viernes por la noche, donde la luna era cubierta por los edificios, por los árboles, por los letreros de diez metros o cualquier otro objeto inerte que bloquea la vista y su perspectiva inclinada. no había brisa, solo la eterna humedad de este país tropical y la relativa calma que el oscuro inicio de la noche presiona en tu consciente; tu cándido andar invitaba a tomarte la mano, pero era un paseo demasiado corto, y ya iba a haber tiempo para expresiones más cálidas dentro de unos minutos; mientras tanto adivinaba tu cuerpo al otro lado del automóvil: escuchaba cómo introducías la llave y halabas con firmeza y calma la puerta del piloto, te colocabas en tu asiento forrado de suave material sintético y alargabas el brazo para accionar la palanca que liberaba el seguro que sujetaba la puerta del copiloto. Yo tomaba mi puesto y dejaba que el silencio se rompiera con la ignición del motor, me acerqué a tu presencia y demostré mi devoción por ti de la forma más conocida. 

Todo se desarrollaba con detallada precisión, como no había sido planeado, como nunca pensaste que ibas a perder el control, como siempre lo condenó y temió nuestro orfebre, el cual, a la distancia, estaba a punto de emerger y romper el trance que fue tejido con representaciones oníricas, atenciones intercambiables en cifras, sonidos gesticulados con íntimos deseos, recuerdos y caricias retenidas por largo y tedioso tiempo que se perdió en el estanque de la desidia y la derrota. Pero más cerca de ti, en ese momento, estaba yo, el motivo de confusión y calma, un objeto multivalente que era necesario deponer antes que el futuro que habías tejido con anterioridad no soportara más remiendos de sencilla y barata madeja, y yo sonreía sin saberlo. El coche se movió y ahora pasábamos a la escena final de este día: "por el túnel es más expedito" -señalé- y tú volviste a embragar y cambiabas a tercera, quinientos metros nos dividían del pórtico mágico y ambos irradiábamos impaciencia.


***********


Era difícil o casi imposible, para nuestro hidalgo de felices cuentos, pensar en otro sentido que no fuera el que claramente veía. Era tan difícil aceptar que todo este tiempo atrás fue solo una triste y pobre escenificación de alguna realidad alterna. Ahora que trata de ver a través del caleidoscopio de la retrospección, no encuentra forma de armar este rompecabezas de tres piezas, a veces son seis, otras doce y otras veinticuatro, como las horas del día. Oh, la realidad es un bufón profesional que gusta burlarse de nuestros más solemnes sueños. De repente ha perdido señal y enlace con nuestra bella constelación de recuerdos y alegrías. Por alguna razón ella ha dejado de contestar sus indagaciones digitadas en transparente cristal de colores y símbolos transmitidos en el tiempo y el espacio, a través de fibra óptica e imaginación. 
-Puede que esté dormida. Piensa él-.
-Puede que esté comiendo. Reestructura la idea-.
-Puede que simplemente no esté de humor. Concluye, ignorando la clara escena por la cual atraviesa-.
Opta entonces por recordar lo bueno que fue, en otra dimensión, en otro mundo o en otro tiempo tal vez, donde lo único que importaba era la burbuja de seguridad y simpatía exclusiva que repelía cuanta alimaña atraía la alacena; el botín siempre fue exorbitante, él lo sabía. 
Nada que hacer por el momento; decidió descansar, mientras esperaba la llamada de Morfeo o cualquier otro hijo de Hipnos.
Lo único que deseaba era pasar estas últimas horas sin el persistente deseo de adivinar que ocurría al otro lado del velo casi rasgado de su ignorancia.
-Solo unas horas más, solo unas horas más. Se repetía constantemente-. 
Eran las 5:44:44 p.m. en su reloj y todo mantenía la apariencia común: roto y gastado; la gente yendo y viniendo debía causarle alguna sensación de alivio a su percepción de vacío y soledad, pero nada de lo que veía era ella, el vasto espacio que lo tragaba no era el objetivo de su vida, nadie era el motivo de su muerte sino ella. Todo y todos a su alrededor eran solo típicas representaciones de la tierra, lo que todos y nadie ve a través de los globos oculares; son todos maniquís antropomorfos con historias propias y sin importancia; son todas sombras de árboles que no producen oxígeno que él pueda respirar; ninguno ni nada era ella, ella estaba con aquél intruso -aunque nuestro orfebre lo soslayara- esa era la tangible sustantividad, y él sonrió con ironía mientras ignoraba una bella silueta femenina que pasaba ante él. 
-¡Vete de aquí indigna idea que traspasa idilios nacidos de infinita sinfonía!. Exclamaba en sus adentros-. -¡Vete de aquí, oh, bestia jadeante que transpira sulfuro!. Esta vez su expresión fue casi audible y se llevó sus palmas a su rostro, casi sollozando lamentos que ella no escuchó-.





sábado, 21 de diciembre de 2013

Errata Mental III

Joe


"...Nos lo llevábamos todo, y todo permanecía vivo: los sonidos, los olores, los matices del día, los mismos pensamientos que no nos habíamos dicho; no cesábamos de gozarlos y padecerlos en el presente. Ni un recuerdo; un amor implacable y tórrido, sin sombras, sin perspectiva, sin refugio."
La Náusea - Sartre


El pequeño rectángulo de Policloruro de vinilo atravesaba la incisión del dispositivo en una fracción de segundo, las ínfimas cifras migraban de un lugar imaginario a otro y el contrato finalizaba con un sangrado negro, viscoso y fino, que dibujaba el conocido emblema personal con su puño. Existía esa nueva sensación de utilidad exaltada y un deseo inocuo de congraciarse extinguiendo obligaciones de forma indiscriminada, pensaba que ese era el debido y necesario protocolo, como  ofrendas mecidas ante el altar de la devoción a este ensueño tangible de diminuta silueta, y así me sentía seguro.
Justo antes de atravesar el umbral hacia el exterior, la memoria recuperaba una porción de las ideas expuestas momentos antes, se deliberó en un instante y me apresuré a solicitar un tributo adicional para la delegada que ha acompañado a la bella silueta por más de tres decenios, uno dulce y circular fue, con una emulada forma de su exterior rellena de nada justo en el centro y aún una porción triangular para ti. Hasta ese momento vislumbraba un sereno desenvolvimiento regenerativo de tejidos desgarrados; tu labio superior e inferior contractados mostrando ligeramente tu bella ristra de marfil que musitaba -al menos en mi mente- "todo va estar bien" y yo sonreía también.


***********


La decadencia incontroversible que ha producido la distancia entre sus risas y entre los tañidos de campanas columpiándose a 90 metros sobre el nivel del sólido alquitrán y su oído, es palmario y él lo sabe, sabe también que no habrá otra oportunidad para arrebatar las fracciones de lo que un día fue un entero, de lo que ya no es exacto, piensa, por otro lado que tal vez todo esto es solo un malentendido, una vergonzosa mala traducción de símbolos difusos que no llegaron como él claramente los recibió. Penosa situación oscurece su halo de latón cromado. 
Aledaño a su cubil, a la vista de la mujer rígida de bronce, que milagrosamente auxilia a los que no pueden auxiliarse a ellos mismos(sic), pasean distinguibles e indistinguibles transeúntes que jamás vislumbrarán el grave dilema ante el cual se encuentra nuestro artesano de metales; con muy poca o nula frecuencia ven hacía lo alto y cuestionan el sentido del orden que los envuelve, un orden irracional que gusta ilusionar a lo incautos y presiona hasta el duro centro de los indiferentes. 
Este regreso podría ser el mejor o el peor, aún no lo sabe, pero como todo idealista, eternizador de promesas narcóticas, se encuentra sufriendo alucinaciones. Mientras que al otro lado del velo de rayón estaban a punto de concretarse escenas que no imaginará ni en su peor sueño de zozobra, sin embargo no las puede tocar -ni siquiera atisbar- pues se elevan en un plano superior a aquel en el cual él se encuentra, fuera de su percepción sensorial, fuera de su inútil deseo de zurcir con aguja de lata la rota corola salmón que se extendió con débil miedo ante la perviviente oscilación de moléculas que la trajo, a ella, de vuelta al parnaso que nunca conoció y a él a alguno de los círculos de ese cono invertido de desolación y pesadumbre. Aún faltaba que girase de nuevo el reloj de arena, mi turno era el siguiente.

***********


De nuevo dentro de su estancia móvil plateada, dirigiéndonos hacia el Éste, me preguntaba qué debía decir, qué debía hacer; Las frases están desteñidas, no logro establecer como llegó la súbita petición y puesta en marcha de rodear con delicadeza y atrevimiento los suaves vestigios de una metamorfosis que nunca terminé de apreciar con mis vidrios esféricos, mis falanges besando el motivo del primer desacierto en aquel estacionamiento la noche previa a la hipócrita fiesta marcial azul y blanco, y tú lo disfrutabas.
Las luces blancas y amarillas que viajaban hacia el oeste atravesaron el parabrisas y rompieron en nuestras siluetas, reflejando esa vesania propia del prefacio a ese libro carmesí que tantas veces habíamos recitado a la luz de la luna, palabras dichas con denuedo ante la tenue irradiación que desde el techo llenaba la estancia con el brillo justo, con las imágenes imprescindibles y las estalactitas de juramentos fríos pero solemnes que se derretían a la mañana siguiente. Tu propuesta era devolverme al lugar del cual había salido hacía ya doce largas horas, pero existía cierto titubeo endeble que podía ser fácilmente fracturado; recordaste, muy convenientemente, el pedido de zumo de pera en tetra bik y la necesidad de retirar papel fiduciario del cofre de la ciudad, ante lo cual, inmediatamente ofrecí mi superflua y desesperada permanencia a tu lado por unas horas más, las cuales, serían las ultimas desde hace ya dieciseis luminares; la decisión no fue tan difícil como preví, sonreí con fruición en mi interior mientras que reposaba brevemente mi cabeza sobre tu hombro, agradeciendo el predecible desenlace que vislumbraba ante esta clara victoria sobre ese necio enlace que estaba muy lejos de ser extirpado -nada más irreal en ese momento-. Desfilamos frente a la embocadura del sendero que había presenciado mis idas y venidas por todo este ciclo inconcluso de avatares, no pudiste desecharme en ese momento, no todavía -y fue la mejor decisión-. Retomamos el camino por el cual acabábamos de deslizarnos desapercibidos en tu carroza metálica, ahora, rumbo norte, hacia una fugaz visita a ese lugar de abastecimiento, nada más trivial y sin embargo tu presencia lo celestializaba. Y yo aún era feliz.


lunes, 16 de diciembre de 2013

Errata Mental II

Joe


"Comprendí entonces todo lo que nos separaba: lo que yo podía pensar de él no lo alcanzaba, era exactamente psicología como la de las novelas. Pero su juicio me traspasaba como una espada y ponía en duda hasta mi derecho a existir. Y era verdad, siempre lo había sabido: yo no tenía derecho a existir. Había aparecido por casualidad, existía como una piedra, como una planta, como un microbio. Mi vida crecía a la buena de Dios, y en todas direcciones. A veces me enviaba vagas señales; otras veces sólo sentía un zumbido sin consecuencias."
La Náusea - Sartre


La  salida del orfebre fue sorpresiva, al menos es lo que deseo pensar, ni el tiempo ni el lugar estaban definidos; subió a la bóveda que levitaba a quince mil metros sobre el árido terreno que corría en reversa a través de los cristales a su izquierda, donde veía pasar la distancia que lo separaba de su ansiado premio otorgado a la excelencia ridícula. Era momento de ponderar los desatinos de la vida versus los logros imaginarios, los cuales, le causaban cierto confort en su penosa carrera tan mediocre casi tan semejante a la de la otra sustancia en contienda(sic), en fin... El ritmo cardíaco aumentaba con cada memoria elegida, una clara sensación de dos manos enganchadas alrededor del cuello provocaban un ahogo que no era, en ningún sentido, mental, sino tan real como el ambiente que lo rodeaba. Aún faltaba tiempo que aniquilar antes de posar de nuevo la vista sobre el ángel del noventa y siete.


***********


Los minutos pasaban con serenidad en el patio trasero de la madera dulce metálica, era imposible retirar la vista de tu rostro, tus iris pardos reflejaban ese brillo tan reconfortante que mezclaba caprichos con confusiones y los embellecían aún más el reflejo de la combustión de la parafina en el oxígeno. El ritual de la alimentación a la sombra de la sombras es siempre un grato momento para arrullar con suaves cumplidos y sutiles suplicas tu férrea voluntad, mientras que verdes hojas adornadas con rojas rebanadas y carídeos hacían, en solemne armonía, su camino a través de tu frágil esófago que era seguidamente irrigado por líquido ámbar proveniente del fermentado cereal que fue vertido con gentileza en la pequeña urna de cristal arropada con blanco paño. Justo a tu lado, mientras esto ocurría, mi vista repasaba cada rasgo conocido de tu divina presencia, como acariciando con telequinesis tu cuello desnudo, me encontraba en el mismo trance inducido desde hacía ya tres lustros, y aún se siente tan bien.

***********


Nadie sabe a ciencia cierta lo que ocurrió mientras el sujeto B viajaba, nos quedaremos con la imbatible afirmación de que solamente avanzaba. Los hechos que se desvelan segundo a segundo son tan desconocidos como repasados, copias exactas de fragmentos olvidados en el recuerdo de la venerada sociedad autómata en la que nos desenvolvemos; en efecto, desde que la molesta melodía rompe el silencio de la madrugada -obligándonos a abrir los párpados ante la oscura mañana que trae favores y desilusiones- nos hallamos inmersos en esta atmósfera viciosa, carente de aprecio por lo que nadie busca. La vida ilumina y oscurece los invisibles senderos del los paseantes, quienes dan por sentado que el mañana es de los fieles y borregos. Tan irreconciliable es imaginar que el mismo satélite que hacía descender con pálida luz su calma sobre nosotros también hacía descender su solaz artificial sobre el hojalatero, en todo caso, la estética y la buena elección nunca han sido objetivos, lo cual no priva en ninguna manera el apelativo que pueda asignarle a aquel en este preciso momento: un evidente kitsch de elección. En fin...


***********


Aún guardaba ciertos recelos hacía cómo debía dirigirme hacia ella en esta ocasión; la veía sentada con elegancia e imponencia en ese asiento de hierro forjado, la contemplaba con cariño sincero y al instante acudían a mi mente los símbolos -enviados esa tarde que desplegaba el inicio de la temporada más hipócrita de todos los años- cuyo desciframiento resultó en un inequívoco significado, se sucedía uno a otro, brillando en el cristal del dispositivo que suele mecerse impertérrito en mi bolsillo siniestro. Letras tocadas con lógica e intenso propósito que traduje en un liso y llano repudio a mi compañía, palabras que petrificaron mi osadía pero dejaron al descubierto mi sumisa voluntad de subyugarme a tu despótico encanto. Al fin y al cabo tus decisiones al respecto siempre cedieron y cayeron fragmentadas ante una constante plegaria sincera y conmovedora, tal cual ocurrió está, la última vez. Recobraba el sentido de la ubicación y percibía tu tersa mano acariciando mi rostro y en seguida tus rosáceos pétalos de colágeno humedeciendo los míos, junto a promesas en suspenso y una alegría inmediata. El ritual terminaba de forma peculiar: después de dos decenios, un lustro, cuatro años y algunos meses, me veo al otro lado del cristal fracturado, como desdoblado, atestiguando como mi cuerpo de corcho transgredía un, posiblemente el más significativo y trascendental, imperativo categórico que me separaba del submundo creado en mi encéfalo; 2 mililitros de pajiza pócima bávara en pos de la bella dama: "La cuenta por favor"

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Errata Mental I

Joe


-11-

  Agazapado y ensimismado en el centro del vórtice, yace -sin espíritu ni madera, sin respiración ni palpitación- la medida justa y benévola de aquella sustancia que conjeturó poder ostentar el desmerecido epígrafe magnífico de "aspirante a la exclusividad absoluta" de aquel sublime y diminuto bombeador de savia granate incrustado con natural pericia en su mediastino. Pero justo cuando germinaba la poinsetia todo comenzó a encajar en perfecto estado, justo en sentido inverso de los engranajes internos del dispositivo que aniquila quimeras que con sus reptiles colas de dragón crean el presente.

***********

  El servil hojalatero regresaba de su largo viaje de peregrinaje en búsqueda de estaño, lo había encontrado en cantidades exiguas, apenas contaba con 7.10 gramos en su alforja de cuero de áspid, ni siquiera era suficiente para forjar una sortija que encajara en el dedo de un leptodactílido, sin embargo lo guardaba con recelo y seguridad absurda, como quien esconde papel moneda 50 centímetros bajo el nivel del suelo del jardín trasero y lo recuerda de vez en vez sin tomar en cuenta las inclemencias del tiempo tan incierto, seguridad fatua y deseos supraterrenales erróneamente canalizados.


***********

  La medida justa y benévola careció del pigmento índigo exacto, pigmento que debió, a su vez, reaccionar con el bombeador de savia, creando un nuevo humor cuyo torrente debió impregnarse en sus dendritas y axones; pese a que se había logrado obtener un tonalidad casi idéntica, existía poca saturación y baja luminosidad y ella lo notó pero no lo rechazó, al menos no en un acto ininterrumpido, sino en un tortuoso cuentagotas de capsaicina aplicado al globo ocular desnudo, la pupila atestiguando su exterminio con resignado pánico silencioso ante la indudable sensación que producen nueve millones de Scovilles. Sin embargo todo marchaba como serena espuma capuccina.

***********

  Igual, su arribo era tan incierto como esperado, semejante a los encuentros con la parca morta. Desde el seguro escondrijo especulaba cómo giraría el planeta sin el núcleo ardiente, con el centro vacío, con la atmósfera sin ozono y el cielo sin cielo. El hojalatero se apresuraba a desvelar lo que ya era del conocimiento público, agitaba masas que solicitaban materia prima nueva. Sin embargo él solo trabajaba con aluminio reciclado y no podía proveer más de lo que ya no poseía. Con todo, el velo se rasgaba con violentas heridas de distancia.

***********


  Cuando la primera gota de capsaicina estaba por besar el iris, un arrebato con aroma a petróleo y sándalo grabó el dulce lunar carmesí directamente en el pectoral de bronce. No estaba escrito ni en las estrellas ni en pulpa de celulosa pero todo iba a encajar como siempre había encajado desde hacía ochenta y cinco cantos de aurora. Esta vez inició, como en otras ocasiones, en la canela metálica, donde expectantes y rijosas miradas epidérmicas, de soslayo y con solemne miedo veían, de poco en poco, marchar con efervescencia sus sueños hacia la memoria que les dio vida.