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lunes, 16 de diciembre de 2013

Errata Mental II

Joe


"Comprendí entonces todo lo que nos separaba: lo que yo podía pensar de él no lo alcanzaba, era exactamente psicología como la de las novelas. Pero su juicio me traspasaba como una espada y ponía en duda hasta mi derecho a existir. Y era verdad, siempre lo había sabido: yo no tenía derecho a existir. Había aparecido por casualidad, existía como una piedra, como una planta, como un microbio. Mi vida crecía a la buena de Dios, y en todas direcciones. A veces me enviaba vagas señales; otras veces sólo sentía un zumbido sin consecuencias."
La Náusea - Sartre


La  salida del orfebre fue sorpresiva, al menos es lo que deseo pensar, ni el tiempo ni el lugar estaban definidos; subió a la bóveda que levitaba a quince mil metros sobre el árido terreno que corría en reversa a través de los cristales a su izquierda, donde veía pasar la distancia que lo separaba de su ansiado premio otorgado a la excelencia ridícula. Era momento de ponderar los desatinos de la vida versus los logros imaginarios, los cuales, le causaban cierto confort en su penosa carrera tan mediocre casi tan semejante a la de la otra sustancia en contienda(sic), en fin... El ritmo cardíaco aumentaba con cada memoria elegida, una clara sensación de dos manos enganchadas alrededor del cuello provocaban un ahogo que no era, en ningún sentido, mental, sino tan real como el ambiente que lo rodeaba. Aún faltaba tiempo que aniquilar antes de posar de nuevo la vista sobre el ángel del noventa y siete.


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Los minutos pasaban con serenidad en el patio trasero de la madera dulce metálica, era imposible retirar la vista de tu rostro, tus iris pardos reflejaban ese brillo tan reconfortante que mezclaba caprichos con confusiones y los embellecían aún más el reflejo de la combustión de la parafina en el oxígeno. El ritual de la alimentación a la sombra de la sombras es siempre un grato momento para arrullar con suaves cumplidos y sutiles suplicas tu férrea voluntad, mientras que verdes hojas adornadas con rojas rebanadas y carídeos hacían, en solemne armonía, su camino a través de tu frágil esófago que era seguidamente irrigado por líquido ámbar proveniente del fermentado cereal que fue vertido con gentileza en la pequeña urna de cristal arropada con blanco paño. Justo a tu lado, mientras esto ocurría, mi vista repasaba cada rasgo conocido de tu divina presencia, como acariciando con telequinesis tu cuello desnudo, me encontraba en el mismo trance inducido desde hacía ya tres lustros, y aún se siente tan bien.

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Nadie sabe a ciencia cierta lo que ocurrió mientras el sujeto B viajaba, nos quedaremos con la imbatible afirmación de que solamente avanzaba. Los hechos que se desvelan segundo a segundo son tan desconocidos como repasados, copias exactas de fragmentos olvidados en el recuerdo de la venerada sociedad autómata en la que nos desenvolvemos; en efecto, desde que la molesta melodía rompe el silencio de la madrugada -obligándonos a abrir los párpados ante la oscura mañana que trae favores y desilusiones- nos hallamos inmersos en esta atmósfera viciosa, carente de aprecio por lo que nadie busca. La vida ilumina y oscurece los invisibles senderos del los paseantes, quienes dan por sentado que el mañana es de los fieles y borregos. Tan irreconciliable es imaginar que el mismo satélite que hacía descender con pálida luz su calma sobre nosotros también hacía descender su solaz artificial sobre el hojalatero, en todo caso, la estética y la buena elección nunca han sido objetivos, lo cual no priva en ninguna manera el apelativo que pueda asignarle a aquel en este preciso momento: un evidente kitsch de elección. En fin...


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Aún guardaba ciertos recelos hacía cómo debía dirigirme hacia ella en esta ocasión; la veía sentada con elegancia e imponencia en ese asiento de hierro forjado, la contemplaba con cariño sincero y al instante acudían a mi mente los símbolos -enviados esa tarde que desplegaba el inicio de la temporada más hipócrita de todos los años- cuyo desciframiento resultó en un inequívoco significado, se sucedía uno a otro, brillando en el cristal del dispositivo que suele mecerse impertérrito en mi bolsillo siniestro. Letras tocadas con lógica e intenso propósito que traduje en un liso y llano repudio a mi compañía, palabras que petrificaron mi osadía pero dejaron al descubierto mi sumisa voluntad de subyugarme a tu despótico encanto. Al fin y al cabo tus decisiones al respecto siempre cedieron y cayeron fragmentadas ante una constante plegaria sincera y conmovedora, tal cual ocurrió está, la última vez. Recobraba el sentido de la ubicación y percibía tu tersa mano acariciando mi rostro y en seguida tus rosáceos pétalos de colágeno humedeciendo los míos, junto a promesas en suspenso y una alegría inmediata. El ritual terminaba de forma peculiar: después de dos decenios, un lustro, cuatro años y algunos meses, me veo al otro lado del cristal fracturado, como desdoblado, atestiguando como mi cuerpo de corcho transgredía un, posiblemente el más significativo y trascendental, imperativo categórico que me separaba del submundo creado en mi encéfalo; 2 mililitros de pajiza pócima bávara en pos de la bella dama: "La cuenta por favor"

martes, 8 de octubre de 2013

La Ánima Auspiciada

Joe

"Cada instante aparece para traer los siguientes. Me aferro a cada instante con toda el alma; sé que es único, irreemplazable, y sin embargo no movería un dedo para impedir su aniquilación"
La Náusea - Sartre

  Deambulando sobre el gastado tiempo que se repite, iba cierto espectro, frío y gris, tibio e invisible, la costa y el océano lo veían en su procesión.
  Había esperado todo este tiempo, con paciencia mortecina, la señal del faro, la luz que besara su rostro y le devolviera de nuevo el septentrión. Debieron pasar todavía cuatro manifestaciones palpables antes que la blanca luz se posara sobre él, traspasándolo y llenando la oquedad de su ánima.
El exordio que abrió la secuencia de eventos que estaban a punto de acontecer no pudo ser menos que confuso, La luz del faro no llegó plena ni en el momento esperado, el espectro debió vagar a tientas en la penumbra lunar, adivinando la ubicación exacta del sitio inicial, la cual se desveló hasta pasado el pánico del desprecio; entonces, fue allí -en un paraje tan circunstancial como el encuentro- donde la cadencia de miradas y gestos convergieron en un aceleración del sístole y diástole; La luz era ella, la materialización de una pléyade, una visión sobria de celestial luminiscencia; se acercaban al inicio con calidez circunspecta, con solemnidad inmaculada; a ese mismo ritmo se desbordaba el flujo apacible del contacto dérmico, efluvios de dióxido de carbono llenaban el pequeño espacio movible y el lino de silencio era desgarrado por la profana súplica granate. Fue solo el ensayo.
  El 11 illuminati consagró el amanecer de esta era de la sonrisa no ficticia, de esta época de las incertidumbres azules, negras y moradas; donde tres y seis fueron las coordenadas designadas desde antes del azar para reconciliar aspectos no conocidos de ambos seres: luz y espectro traspasándose en un idílico crepúsculo que bañó sus convicciones con perfume de moca y destiló hacia la médula la esencia de la incertidumbre. El aura requería silencio, más el espectro arrastraba sus cadenas de razón, ensordeciendo el momento por un instante, la luz terminó llenando la recámara con oscuridad tímida, con mantras nocturnos y caricias carmesí. El frenesí aniquilador de cronos se desplegó hasta el segundo canto del alba y los futuros impensables se esculpían en roca sedimentaria.
  Arreboles reflejados en los cristales del edificio de peticiones, dan generosamente su luz de arcilla a estos ojos de fantasma que no lo necesitan porque no han alejado el iris del incandescente filamento dentro de tu pecho. -Sereno y quieto- un murmullo apenas se escapa de sus laringe, como suplicando no escucharse para que la luz se lamentase en un posterior estudio retrospectivo, como deseando apenas escucharse para que la luz adivinase el juicio y lo abrazase como suyo porque lo reconoció, porque lo cobijó y le brindó auspicio por siempre.