miércoles, 2 de julio de 2014

La epifanía del suelo

¡Y guárdate de los buenos y justos! Con gusto crucifican a quienes se inventan una virtud para sí mismos, -odian al solitario.

-Nietzsche-



En el instante que sucedía al tropiezo -entre la perdida de equilibrio y el seco estrépito provocado por el fuerte impacto contra el inmóvil e inmenso cadáver de hormigón- le quedó suficiente tiempo para pensar cómo debía colocar sus palmas, si debían estar extendidas, o formando un puño, o quizás olvidar el instintivo reflejo de salvaguardar su integridad y permitir, sin deseos de redentora vanidad, que su rostro se perfilara, resaltando el suave revestimiento de piel de su pómulo derecho, y cayera libre, sin obstáculo, ni gemido. En todo caso, no había forma de elegir la opción uno, ya que sus muñecas se encontraban inmovilizadas, sujetas una a la otra con un terso retazo; habían sido enlazadas con pseudocristiana violencia, hacía algún tiempo, quizás dieciocho meses, quizás setenta y seis o quizás solo tres; los purpúreos coágulos de sangre se asomaban en su oscura piel, alrededor del paño de seda que recorría, con seis vueltas, la coyuntura entre los brazos y manos de este sujeto de prueba; el perfecto nudo que adornaba el enlazado de sus extremidades era uno diagonal, su apariencia era una insoslayable visión de esa equis que, al girarla noventa grados a la izquierda, se convertía en ese infame emblema de benevolencia -que aquellas desabridas ejecutoras tanto veneraban desde sus insensatas e incomprensibles entrañas, que ni el peor de los arúspices pudo haber interpretado- equis girada de regocijo estéril, cuya representación canta celestiales melodías para ellas, pero para él... para él es silencio infinito y vacuo, pues su sordera tonal, hacia estas fantasías de ultramundo, hace algún tiempo dejó de ser una incapacidad; ahora se ha convertido en el pendón de su mortal estado, en el tranquilo sueño de una noche sin sueños ni rocío escarlata; en la segura muerte sin resurrección ni reencarnación; en el palpable “hoy” sin el incierto “mañana”; en el polvo que cubre el espejo que, borroso y empañado, refleja la inmanencia de su feo rostro así como su bella permanencia.

Después de haber considerado todo lo anterior -en un par de decisegundos- se escuchó un azote impetuoso; con su repugnante rostro acarició el frío y rígido suelo, como si se le hubiese ordenado odiarlo, como si se le hubiese ordenado pulverizarlo, como si se le hubiese ordenado volver a cada punto de inflexión de su miserable vida, a beber los mismos sorbos de cianuro, que con gusto saboreó -y volvería a saborear cuantas veces le ofrecieran la copa o incluso una crátera repleta, lo haría con alegre disposición, trémulo de emoción, una y otra vez-.

Ni siquiera tuvo tiempo de sentir dolor alguno, el impacto le produjo ira; No había necesidad de analizar su causa, no había tiempo de considerar sus inmediatas consecuencias y mucho menos sus posteriores repercusiones; ¿acaso alguien lo hacía?, ¿acaso existía algún consejo serio enunciado por alguien que representara a esta estirpe de títeres con autodeterminación?, el sujeto de prueba no se encontraba en condiciones de escuchar una apología de la asamblea de borregos así que optó por ensordecer aun más su soberbia.

Oyó a lo lejos un balido, pero fue solo en su mente -pensó-, las ovejas aún pastaban en los montes del altísimo absurdo, no molestarán sino hasta el domingo. Apretó sus dientes, y deseó desear algo… al final no deseó nada. Bufó en el suelo, el aire cálido que salió de sus fosas nasales levantó partículas de polvo que se suspendieron un instante en el aire para luego adherirse a su rostro; él cerró sus ojos inmediatamente, sin embargo, sus labios –aún húmedos- se impregnaron de blanca suciedad, él los contrajo en inútil intento de impedir que sus papilas saborearan el conocido sabor de la deshonrosa derrota; el polvo fue más rápido y miles de moléculas se mezclaban dentro de su boca, haciéndolo recordar su origen y fin.

Pensaba en el fin de esta bochornosa escena, sin intenciones de levantarse o desatarse, se mantuvo en la posición en la cual había quedado al caer. Todo era, en cualquier caso, un inmenso círculo vicioso, como uno formado por un negro carrusel de buitres planeando sobre su cadáver expuesto en el suelo, casi los podía oír, imaginaba sus sombras haciendo remolinos alrededor de este embalaje de carne pensante, aun viva. Meditaba por un momento que ya no habían más deseos de continuar con el pernicioso plan de multiplicar por dos su unidad, ya que, se había dado cuenta que el objetivo era tan alcanzable como inalcanzable, era tan claro como incierto, era tan necesario como innecesario, su vida misma era una antinomia y ya no tenía ningún interés en seguir calentando su crisol para que luego se forjaran aceros que atravesaran su espalda.

La brisa de invierno acarició su espalda. Recordaba una ocasión en que el viento abanicaba arena en el aire, mientras él entregaba una de sus historias prestadas a alguien, él pensaba que era un regalo, el destinatario pensaba que era desechable, no sabía que debía conservarlo, ¿quién debería saberlo? de tal modo que lo descartó. Este ultimo recuerdo lo devolvió inmediatamente a ponderar su actual estado, le parecía que la vida había decidido descartar su existencia, lo cual le agradaba, ya que no deseaba seguir respirando este falso aire que no sustentaba sus pulmones. El ethos de los transmundanos que lo circundaban lo airaba más. Se dio la vuelta, de cara al sol, cuyo calor y resplandor le lastimaban los ojos y quemaban su cara pero, a la vez, le aliviaba la certidumbre y le refrescaba la memoria de que, el cielo que lo contiene y todo lo que sus sentidos escrutan, aniquilaron una vez el etéreo bastón que jamás asirá de nuevo; Entonces escupió al cielo, apartó su cara para no recibirlo de regreso, desató sus manos y regresó andando, tranquilo y sin mover los brazos, casi levitando por donde no había venido.


martes, 6 de mayo de 2014

St Ferdinand *

"Se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado."
-Michael Ende
-G-

Érase una vez, una dama y su rostro iluminado por el abrasador astro de la alborada, aquél que calcina desde su centro esos intangibles deseos de poder encontrar la emoción rosa o granate de un fantasma tangible como compañía o como costumbre; regularmente lo solicitaba en denuedo y solemne mantra al invisible aire, solicitaba un espectro y un rebaño de entes heterogéneos, enlazados por ácido desoxirribonucleico, pero particularmente, uno con abundante papel fiduciario para así, tal vez -cuando el alborozo que le causa un eclipse de satélite nocturno que cobija con penumbra- no deba marcharse a lo desconocido, donde tendrá que alejarse de esas voces y rostros que se sabe de memoria, donde deberá dejar momentáneamente este hábitat cruel y hostil. Sin embargo, la decisión está tomada; enviada su petición, y recibida su respuesta, yacen, sobre 2 escritorios, pálidas láminas con letras en perpetua impresión. Nuestra semidiosa decide trasladarse sobre alas de acero, impulsadas por turbinas que combustionan petróleo destilado, a más de diez mil metros sobre el nivel del mar, rompiendo el espacio palpable, en pos de lo etéreo e impalbable; la decisión la tomó sin vacilación, pero en el fondo… en el fondo hay algún inconformismo latente, una espina difícil de ver, los recuerdos hicieron condensación en rocío de tristeza y nostalgia, que se deslizó por la piel canela de sus pómulos y se detuvo en su barbilla temblorosa.

Tiempo después, al otro lado, ha podido encontrar dicha en los kilómetros visibles -y no visibles- que la separan de su origen y también de lo mundano y vulgar; el solaz que sobrepasa su nueva esfera de comodidad es acompañado de continuos y constantes símbolos que fueron grabados con oscura sangre de memorias y emociones -que neciamente intentan terrenalizar su celestial aura-, estos fueron envueltos con delicada precisión en blanca celulosa y enviados desde algún punto más meridional. A veces los recuerdos y noticias le venían por medios más veloces y encriptados; ondas sonoras familiares que resonaban en su tímpano y se transformaban en dicha inmediata, todo esto sucedía al cerrar el año decimotercero del tercer milenio.

Ya para la mitad de la perla, cuando el tiempo de ascetismo languidecía, no existía mayor felicidad en ella que el regreso a lo profano, el regreso al olvido momentáneo. Estaba a punto de dejar esos vínculos sempiternos que la habían retenido en el plano superior, para volver y aplaudir su logro de haber vencido –al menos brevemente- ese estado terrenal. Ahora lo ve en perspectiva y no puede más que aprobarlo con sincera sonrisa e imaginar que no ha acabado.

Lasgo - Something

*Tal como se decifró de cierta serie de ideogramas.

miércoles, 5 de marzo de 2014

El hastío que transmutó en narcosis.



"Hombre era, y nada más que un pobre fragmento de hombre y de yo: de mi propia ceniza y de mi propia brasa surgió ese fantasma, y, ¡en verdad!, ¡no vino a mí desde el más allá!"



-Nietzsche, Así habló Zaratustra-



—Entonces, ¿Cuándo vas a venir? —fue la pregunta en tono de patética suplica que formuló él, mientras que, dentro de su infeliz corteza de débil barro, esperaba con silente llama cobriza la respuesta correcta de su interlocutora.

En ese momento ella titubeó. En un instante -de esos que se develan hasta pasada la efervescencia- hizo el conocido proceso de toma de decisiones que cada quien tiene que hacer docenas de veces en el día; desde el importantísimo acto de escoger abrir los parpados(o no) a determinada hora de la mañana, en lugar de permanecer inmóvil y plácido en el lecho de su descanso; hasta el insignificante e irrelevante acto de elegir "esta" dramatización moral y desechar "aquella otra", o incluso prescindir de cualquiera. 

Esta decisión que estaba siendo empujada a tomar era tan trivial para ella, como de vital existencia para él.

—umm... —fue la onomatopeya que se escuchó -tal zumbido de antófilo- al otro lado de la bocina del teléfono que él sostenía con su mano izquierda.

—Ya no voy a ir nunca más. —Dijo ella al final, con resolución cuestionable.

Él emitió un suave gemido de admiración que no delataba aún su entera decepción. 

Al fin y al cabo, no era un completo misterio el por qué ella había elegido ese camino invisible que llevó, de la información recibida, a la información transmitida; él nunca fue propietario de ninguna decisión ajena a él, por lo cual, en el fondo, no le molestó más de lo que racionalmente se espera que moleste.

—¿por qué? —replicó él con aire de leve reproche.

Ella tenía pensado un breve discurso ambiguo que tal vez amortizara la subyacente verdad que todavía no terminaba de decidir si se guardaría para sí o no; estaba a punto de iniciar, le faltaba un poco de oxígeno en su valentía, palabras en sus pulmones y voluntad en su navaja.

—No quisiera hablar de eso —Respondió después de su sucinta deliberación. Ella misma acababa de ser víctima de esas acciones inconscientes que manan de algún lugar intangible de la inexorable mala conciencia. Por otro lado, ella no comprendía porque no había hablado; por qué no había siquiera desenvainado la cortante introducción del preciso sable que cercena deseos; ¿qué la detuvo?, ¿acaso estaba perdiendo el control de ella misma? se maldijo por ganar tiempo, tiempo que ya no necesitaba pues el que se precisaba en su momento hacía mucho se había perdido, rematado en las subastas de artículos de segunda del almacén del olvido.

Por su parte, él sabía demasiado bien que cuando se despoja a una conversación solemne de su revestimiento de ambición exaltada y fantasía psicótica, se está seccionando -de forma abrupta- el destino que se esbozaba en el lienzo del mañana anhelado. Es así como, en una fugaz visión pintoresca, se le desplegó una escena descolorida en su mente, en la cual, se desgarraba con tal violencia, del barato cáñamo, un considerable jirón en el cual se había dibujado -con delicada precisión- una brillante luciérnaga de julio; la violencia aplicada a dicho acto fue tal que quebró el bastidor; astillas se incrustan en el lienzo inacabado y el cuadro queda desfigurado: lo que una vez fue un esbozo claro y vistoso de la felicidad artificial, ahora es solo un marco inválido con una superficie raída y antiestética.

Él está a punto de trasladarse de la fingida indiferencia a la conocida perplejidad incómoda que tanto desprecia. —¿estás segura?—. —Preguntó, como no dando validez a lo que escuchaba y a su vez, ganando tres segundos para pensar cómo justificar el equívoco de esa decisión que deseaba atacar.

—Sí —Fue la respuesta seca.

Él esperaba una réplica digamos... más esmerada. Al no obtenerla, buscaba en la afirmación monosílaba algún vestigio de alguna bien elaborada reticencia. Pero el "sí" no arrojaba más luz de la que quemaba su rostro con arrogante determinación. Estaba mudo, temblaba, se desmoronaba su castillo de sílice. Su boca no atrevía abrirse para gesticular algún sonido audible. 

El malestar del hastío se asomaba por primera vez, detrás de una diminuta cortada que claramente había sido infligida por el filo de la afirmación escuchada. Sin embargo, él todavía no lo notaba en plenitud, pensaba que era un espasmo muscular cerca del ventrículo izquierdo, así que lo ignoró por el momento. Él, como cualquier otro artilugio de tendones y emociones, es un veleidoso espécimen que recién en este instante, ha comenzado otro sutil ciclo contra su voluntad.

—Pero… —fue la palabra que se deslizó de sus labios, expulsada con ácido aire de los pulmones-

Ella sabía que venía una innecesaria apología que la aburría aún antes de que se iniciara. 

—está bien así —ella cortó la idea que apenas se fraguaba en el calizo sentido común de él. 

—no te preocupés, no pasa nada —ella volvió a mentir sin entender de nuevo por qué lo hacía.

Y él creyó, él le creyó y bebió de su ayahuasca de nuevo.



sábado, 8 de febrero de 2014

Errata Mental IV

"Me pregunto si a veces no desea verse libre de ese dolor monótono, de ese masculleo que vuelve no bien deja de cantar; me pregunto si no desea sufrir un buen golpe, hundirse en la desesperación. Pero de todos modos, sería imposible: está atada"
Sartre - La Nausea


   A ciento veinte minutos menos de aquel momento en el cual embragabas con pericia, presionando con tu pequeño y delicado sesamoideo el pedal, justo cuando la sombra de nuestro huso horario era más espesa que la de nuestro héroe (sic); él cavilaba, tal vez, una triunfal aparición como nunca antes la hizo, una impresionante manifestación que te hiciera desbordar de gozo y emoción, un disparo de perdigones de suerte apuntando a la diminuta, confusa y casi adivinada diana de tu núcleo palpitante.
Su fervor en los detalles siempre fue el punto fuerte que opacó mi bronce, ya de por sí borroso, de buenas intenciones que nunca logró rebosar en plenitud porque nunca supo, porque nunca tuvo, porque nunca había abrazado como lo hizo en esta ocasión, la inefable inmensidad de tu diminuta silueta.
El plan había sido elucubrado, fijado e impermeabilizado por ambos desde hacía mucho tiempo, quizás desde siempre. Durante todo este sinuoso paseo hacia el futuro del pasado pausado, fui el que supo y decidió menos, fui el que únicamente se remitía a ver con esperanza trémula y de soslayo las constantes señales que -a veces inequívocas, a veces inciertas- brindabas sin perdón futuro en cada uno de los escenarios que creamos de improvisto a lo largo de este corto paseo.
La apacible luz de luna resplandecía y llenaba el espacio intocable que se abría ante el coche platino, mientras que nuestro artesano de metales de segundo grado proseguía su inquisidora tarea virtual a la distancia; él debía aún experimentar una última espera implacable de lúgubre silencio seco, la cual no fue lo suficiente hiriente como en realidad debió serlo, ya que no existía aún aprensión pétrea rojiza dentro de su ser, o al menos él la negaba. El teatro del último trimestre era una constante lucha que él perdía por carecer de presencia sólida y que, curiosamente, a la vez ganaba sin esforzarse mucho porque... porque quizás Brahma así lo quiso cuando creó en un sueño a todo este circo de marionetas de músculos y voluntades; por otro lado yo perdía sin saberlo ni desearlo, perdía entregando ofrendas votivas a los pies de la imagen de cera y barniz acrílico, entregando dádivas insignificantes con casi nulo valor en sí, cuyo importe fue en todo sentido ínfimo e incomparable al motivo y deseo imbíbito en cada evento material que emanaba de mis más íntimos deseos de que permanecieras a mi lado. Oh, ominoso y perenne afán de desear aquel etéreo Yanna terrenal contigo.


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   Sentado en el cómodo y acolchado asiento forrado con suave poliéster, pensaba -en un instante- en el próximo acontecimiento que paulatinamente se descubriría a sí mismo, al pensar lo acompañaba la ya conocida ansiedad de que se revelara todo, pero no en un segundo, sino de forma gradual, como fresca brisa que anuncia un monzón.
Creo que salimos por el sendero que cruza pestilencias de antaño y que corta entre proveedores de alcaloides inhibidores o tal vez por el otro que atraviesa tres cadáveres de oscuro aceite de roca; no lo recuerdo bien, no importa mucho, en todo caso el trecho no fue extenso, la memoria solo perpetuó tu presencia contigua a la mía, la cual lo era todo y ahora es menos que nada. Las voces que intercambiábamos flotaban en el justo espacio que cubría el acero de tu carruaje, flotaban transportando triviales cumplidos que se desvanecían al haber penetrado el oído y el entendimiento distraídos. El amplio manto sin luz que cobijaba este cuarto estadio perteneciente al despido de sueños claudicados fue el más frío, el más endeble, el más desapercibido. -la razón de la comba trazada entre tu mentón y tu perceptor de aromas era tan indescifrable como la razón que te había llevado hasta ese preciso momento-.

Una mínima llovizna humedecía la capa rígida que eleva, unos centímetros por encima del nivel de la corteza terrestre, a esta civilizada comunidad de primates racionales; fue un limpio aparcamiento en posición de salida, con casi una víctima femenina imprudente de por medio; yo salí primero, luego tú: tu pie izquierdo pisó el suelo, tu atractiva cadera giró noventa grados hacia la izquierda y luego tu pie derecho le hizo compañía al otro en el sólido piso; emergiste con gracia, en la mano izquierda las llaves y el pequeño dispositivo que a distancia mandó una invisible señal que provocó ese particular sonido de ganso electrónico graznando, le tenías poco o nada de aprecio a este sonido, nunca supe ni indagué por qué lo mantenías. Nos dirigimos, entre escasas almas parlantes, hacia la entrada de este sitio donde los abarrotes se apilan con oscura y meticulosa intención; entre comestibles y desechables la gente atiborra estos lugares día con día, buscando con la vista; palpando y oliendo; comparando y lamentando; apresurados o serenos, encontrando objetos de necesidades inmediatas o de simple trivialidad -lo segundo era nuestro caso-. Te indiqué el lugar donde exhiben los zumos de frutas artificiales envasados en PET o en aluminio, no recuerdo cuál fue la elección, en todo caso cuatro de pera fueron los escogidos, era la única razón de nuestra visita al mencionado lugar; ya en la fila destinada a perfeccionar la compraventa, te detuviste a apreciar los diversos polímeros masticables, de entre los cuales elegiste el saborizado con xilitol y uno más con un fluído en su núcleo, este último fue una tajante remembranza de los días de recreo entre las mediocres clases seculares de fin de primaria y de decenio, cuando el motivo de mi asistencia eras tú -no el conocimiento banal útil o inútil, ni siquiera el deseo circunstancial de congraciarse con los cuidadores de nuestra inocencia- sino tú, la misma que después de cinco lustros, está justo aquí, de pie a mi lado, la misma efigie de lo sublime y que ahora es solo el espectro de lo ajeno. Pero hubo un artículo más que atrapó el interés de ambos -ya que en todo este teatro previo al desenlace inminente que habíamos consentido sin exteriorizarlo, estaba claramente establecido cuál sería el siguiente sitio y acontecimiento no acaecido pero ya acariciado-, este artículo fue un paquete de quince bengalas cuya combustión no expele luz sino extraña calma védica, el cual trajo otros estímulos de memoria que nada tienen que ver con el presente acto, pero que curiosamente se colaron a través del tamiz de la relevancia coyuntural, el cual no siempre es consecuente con lo existencialmente importante en el momento, es decir: ; de entre las tres opciones escogí el proveniente del árbol santaláceo y tú asentiste con una sonrisa que emanaba recuerdos de aroma mucho más reconfortante que el de las bengalas que ahora sostenía en mi mano. Estela, la cajera, escaneó con sereno profesionalismo pueril las cantidades codificadas, asignadas en blancas etiquetas con líneas negras de distinto grosor milimétrico, que con experiencia encontraba en aleatorios lugares de los artículos con un ligero movimiento. El total fue $5.35, el dominio se trasladó en unos segundos, utilizando el retrato impreso de Alexander Hamilton -otra de las tantas actividades trilladas de esta sociedad mercantilista- el ticket proporcionado marcó la fecha y la hora: 4/12/13, 07:44:04 p.m., lo tomé sin inspeccionar absolutamente nada más aparte de la cifra que acababa de cancelar o quizás ni siquiera eso, lo introduje en uno de mis bolsillos y tomé la bolsa de polietileno que contenía los productos que acabábamos de adquirir. La salida al exterior tuvo ese efecto reconfortante de viernes por la noche, donde la luna era cubierta por los edificios, por los árboles, por los letreros de diez metros o cualquier otro objeto inerte que bloquea la vista y su perspectiva inclinada. no había brisa, solo la eterna humedad de este país tropical y la relativa calma que el oscuro inicio de la noche presiona en tu consciente; tu cándido andar invitaba a tomarte la mano, pero era un paseo demasiado corto, y ya iba a haber tiempo para expresiones más cálidas dentro de unos minutos; mientras tanto adivinaba tu cuerpo al otro lado del automóvil: escuchaba cómo introducías la llave y halabas con firmeza y calma la puerta del piloto, te colocabas en tu asiento forrado de suave material sintético y alargabas el brazo para accionar la palanca que liberaba el seguro que sujetaba la puerta del copiloto. Yo tomaba mi puesto y dejaba que el silencio se rompiera con la ignición del motor, me acerqué a tu presencia y demostré mi devoción por ti de la forma más conocida. 

Todo se desarrollaba con detallada precisión, como no había sido planeado, como nunca pensaste que ibas a perder el control, como siempre lo condenó y temió nuestro orfebre, el cual, a la distancia, estaba a punto de emerger y romper el trance que fue tejido con representaciones oníricas, atenciones intercambiables en cifras, sonidos gesticulados con íntimos deseos, recuerdos y caricias retenidas por largo y tedioso tiempo que se perdió en el estanque de la desidia y la derrota. Pero más cerca de ti, en ese momento, estaba yo, el motivo de confusión y calma, un objeto multivalente que era necesario deponer antes que el futuro que habías tejido con anterioridad no soportara más remiendos de sencilla y barata madeja, y yo sonreía sin saberlo. El coche se movió y ahora pasábamos a la escena final de este día: "por el túnel es más expedito" -señalé- y tú volviste a embragar y cambiabas a tercera, quinientos metros nos dividían del pórtico mágico y ambos irradiábamos impaciencia.


***********


Era difícil o casi imposible, para nuestro hidalgo de felices cuentos, pensar en otro sentido que no fuera el que claramente veía. Era tan difícil aceptar que todo este tiempo atrás fue solo una triste y pobre escenificación de alguna realidad alterna. Ahora que trata de ver a través del caleidoscopio de la retrospección, no encuentra forma de armar este rompecabezas de tres piezas, a veces son seis, otras doce y otras veinticuatro, como las horas del día. Oh, la realidad es un bufón profesional que gusta burlarse de nuestros más solemnes sueños. De repente ha perdido señal y enlace con nuestra bella constelación de recuerdos y alegrías. Por alguna razón ella ha dejado de contestar sus indagaciones digitadas en transparente cristal de colores y símbolos transmitidos en el tiempo y el espacio, a través de fibra óptica e imaginación. 
-Puede que esté dormida. Piensa él-.
-Puede que esté comiendo. Reestructura la idea-.
-Puede que simplemente no esté de humor. Concluye, ignorando la clara escena por la cual atraviesa-.
Opta entonces por recordar lo bueno que fue, en otra dimensión, en otro mundo o en otro tiempo tal vez, donde lo único que importaba era la burbuja de seguridad y simpatía exclusiva que repelía cuanta alimaña atraía la alacena; el botín siempre fue exorbitante, él lo sabía. 
Nada que hacer por el momento; decidió descansar, mientras esperaba la llamada de Morfeo o cualquier otro hijo de Hipnos.
Lo único que deseaba era pasar estas últimas horas sin el persistente deseo de adivinar que ocurría al otro lado del velo casi rasgado de su ignorancia.
-Solo unas horas más, solo unas horas más. Se repetía constantemente-. 
Eran las 5:44:44 p.m. en su reloj y todo mantenía la apariencia común: roto y gastado; la gente yendo y viniendo debía causarle alguna sensación de alivio a su percepción de vacío y soledad, pero nada de lo que veía era ella, el vasto espacio que lo tragaba no era el objetivo de su vida, nadie era el motivo de su muerte sino ella. Todo y todos a su alrededor eran solo típicas representaciones de la tierra, lo que todos y nadie ve a través de los globos oculares; son todos maniquís antropomorfos con historias propias y sin importancia; son todas sombras de árboles que no producen oxígeno que él pueda respirar; ninguno ni nada era ella, ella estaba con aquél intruso -aunque nuestro orfebre lo soslayara- esa era la tangible sustantividad, y él sonrió con ironía mientras ignoraba una bella silueta femenina que pasaba ante él. 
-¡Vete de aquí indigna idea que traspasa idilios nacidos de infinita sinfonía!. Exclamaba en sus adentros-. -¡Vete de aquí, oh, bestia jadeante que transpira sulfuro!. Esta vez su expresión fue casi audible y se llevó sus palmas a su rostro, casi sollozando lamentos que ella no escuchó-.





lunes, 6 de enero de 2014

A waste of space by Dayshell


"A Waste Of Space" by Dayshell

Today the prescence’s over, awake the dead for closure
Believing in true, I love you

A waste of space is cliché

The thought of endless betraying me like a fool
So who needs you?


Lay me down, on the sea

You’re the crook side of criminal that hardly can breathe
And I know, you’ve done this before


Tonight my love is unsafe

I’m left with doubts and mistakes
Collapsing into the bottle of you
If I could rewind and go back, I’d destroy the place that we first met at
And I just might


Lay me down, on the sea

You’re the crook side of criminal that hardly can breathe
And I know, you’ve done this before


You took the best of me - the best of me


Lay me down, on the sea

You’re the crook side of criminal that hardly can breathe
Don’t you see me now, I’m on my knees
You say I’m invincible, but they’ve all seen my bleed
And I know, you’ve done this before

sábado, 28 de diciembre de 2013

De Salarrué, la cena para llevar, el fragmento de pintura de carrocería incrustado en la valla y las alas de mantis religiosa.


Joe


¿Dónde había de conservar yo el mío? Nadie se mete el pasado en el bolsillo; hay que tener una casa para acomodarlo. Mi cuerpo es lo único que poseo; un hombre solo, con su cuerpo, no puede detener los recuerdos; le pasan a través. No debería quejarme: sólo quise ser libre.
La Náusea - Sartre


Érase una vez, cuando las invitaciones eran monocromáticas y la amnistía beneficiaba casi al instante sin excepciones, que sucedió el siguiente acontecimiento:

  El tiempo se detenía cansado en la hora diecisiete, para luego seguir avanzando en su infinito recorrido vicioso por caminos de cardos y espinas. Un adiós -ligero como partículas de polvo- hacia los demás, hacia los óleos de escenas cotidianas y una parábola, con su vértice al sur, trazada en el rostro, para ti. 
Esta iba a ser una noche singular -como cada una de aquellas que aún no se han desvanecido, sino que siguen acá, azules, negras o grises como el grafito, en las que sin que lo supieras ni quisieras, heriste de forma limpia con tu kris de once crestas, desde el punto más externo de la epidermis hasta el tuétano de la pusilánime voluntad, infligiéndole una cortada profunda que eliminaba fibroblastos a su suave y gentil paso a través de los tejidos, nada que hacer para evitarlo y el daño persiste-.

  Como en otras ocasiones de luz, tu intrigante traslado sobre pétreo sendero negro -desde el edificio de piedra y cables hacia el edificio de cristales y más cables- se convertía en una huida tersa como plumaje de ave; ascendí un peldaño como guiado por tu mirada, deslizándome en invisible hilo que me indicaba el lado del copiloto, un saludo rosado o amarillo -no lo recuerdo, la estática me lo impide-, seguido de lo cual me senté y la marcha prosiguió; observaba, sin fijarme en los detalles, el conocido camino a través del parabrisas, así como el tablero oscuro entre mi humanidad y el vidrio en desenfoque, y tu bella silueta adivinada justo a mi izquierda. Una breve taquicardia denotaba la sonrisa interna que temía emanar libre y amplia, significando todo lo que no dije en esa ocasión, lo que imaginé y borré en el momento, nada de importancia sustancial, sin embargo hubiese sido uno de tantos testimonios muertos que pude haber resucitado en aquel día de tu juicio intransigente, no importa ya.

  El viaje fue breve, el primer destino fue el mismo al del tercer ópalo, el mismo que presenció las horas previas al traspaso del parapeto final, en ese día de lluvia tímida, cuando vestiste de blanco hasta las muñecas y tu pasado se entrelazó con dos cuerdas de distinta fibra.
En esta ocasión no había suficiente suelo libre para acomodar tu plateado carruaje, de tal modo que una inmediata maniobra lo dejó al cobijo del estático ornamento natural; nos dirigimos al fondo de la estancia de canela y solicitamos en azafate un conjunto de tejidos musculares sometidos por un tiempo prudencial a abrazador calor con el fin de hacer comestible una vida cercenada por el rudimentario bisturí de la costumbre culinaria adoptada. Los intercambios de símbolos audibles fueron tan comunes que, en ese segundo, nada ponía al descubierto el más leve indicio de una fisura mayor a las sufridas hasta ese momento, y yo me dejaba llevar por el dulce flujo de los acontecimientos, dando por sentada mi propiedad sobre lo que, quizás, en ningún momento poseí; debí disfrutar en detalle cada instante, debí hacer y decir algo más inteligente -l'esprit de l'escalier-; me produce un efecto fastidioso el disculparme por no haber sido la sustancia que ya era en ese momento.
Impertinentemente, a media degustación de los restos cocidos de una vida, me solicitaban información de nuestra llegada al siguiente evento, lo cual te exasperó, respondí de forma somera y continué con la apreciación de tu sonrisa mientras comías. Al final del ritual nocturno de la alimentación, sobraron porciones cobrizas que amablemente se colocaron en el pequeño cofre de poliestireno expandido. Recuerdo que dicho cofre permaneció posiblemente un día entero dentro del aposento móvil, no recuerdo el destino final de él.

  El escape de este lugar fue otro de esos eventos tan intrascendentes para un tercero pero tan alegórico para el personaje principal, para el que lo presenció con ojos de retención onírica. Siempre disfruté apreciar tu bella coordinación al conducir, había cierto placer en mi sentimiento de impotencia y en la sobrevaloración de tus destrezas que no poseo, un sentir conocido y peculiar; Me situé a un lado del automotor, esperando que lo colocaras en el sitio indicado, -el hombre del artilugio que separa espíritus de cuerpos observaba sin ayudar mucho- intentabas una táctica evasiva de giro que involucraba el estrecho corredor frente al instituto de las barras y estrellas, esta vez tu infalible percepción espacial se vio opacada, un ruido seco se escuchó proveniente del flanco izquierdo, un leve golpe y una herida en el duro metal había arrancado diminutas porciones de plateada piel que reviste tu carruaje, quedando incrustado un pequeño fragmento en una de las caras de alguno de los delgados barrotes que protegen nada y solo estrechan el sendero a través del cual quisiste moverte(1). Una subsecuente explosión de furia y descontento con tus propias habilidades le siguió a ese pequeño percance, nada que una bebida carbonatada y nicotina no puedan calmar, sin embargo la nicotina iba esperar un poco más. Nos retiramos dándole la espalda a la chimenea natural, minutos después te encontrabas acomodando el carruaje en la caverna, yo me adelanté para entregar los derechos de entrada, mientra tú te dirigías hacia la inmensa alacena a permutar por papel moneda los productos mencionados anteriormente. Breve tiempo después nos reunimos de nuevo, el rojo cilindro de lata -que sostenía con liviana fuerza tu mano- llama mi atención, no es nada nuevo, ni nada extraño, es solo una de las tantas apreciaciones de tus conductas insustanciales, sigo deliberadamente celestializando cada una de tus acciones, no lo puedo controlar. Es casi hora de entrar al salón de las butacas vacías y me pregunto qué sucederá.

   La experiencia era nueva, no logro hacer coincidir esta situación con otra vivida, la ruta de años recorrida hasta este momento ha sido tan pobre en acontecimientos tan comunes como este. Te encuentras ahora a mi lado, al alcance de mi brazo derecho que ahora rodea tus hombros, un sentimiento de seguridad franca rodea a la vez nuestros seres, o al menos el mío; no hay evento ni fuerza que desvincule el lazo espectral que une nuestras esencias en ese momento, la oscura estancia hace propicio el pensar sobre ello. Los interpretes aparecen uno a uno, fue entonces que tu palma derecha cubrió mis pupilas por un momento, un candoroso gesto que me hizo sonreír de forma sincera. 
La presentación fue impecable, el uso estrambótico de las palabras se me hacía tan conocido y a la vez tan difícil de seguir, me sentí confundido por instantes, hubieron momentos en que no pude llevar el hilo de la historia, sin embargo el sentido era claro, trataba de interpretar más rápido de lo que escuchaba, mientras -en mis adentros- suplicaba que no te durmieras, que encontraras el aspecto entretenido oculto de la escena o al menos que siguieras simulando una atención solemne como muy bien lo estabas logrando. Besaba el dorso de tu mano o tu hombro de vez en vez y la oscuridad de la sala seguía reconfortándome. Los tres cuentos pasaron en cuarenta y cinco minutos más o menos; no hay mucho que describir de esta escena, al menos no encuentro las palabras adecuadas para hacerlo, basta decir que fue uno de esos eventos que llenan satisfactoriamente una expectativa parcialmente desconocida.
Al final se dio el pequeño desorden propio de las salidas de una estancia como esta, la huida de ambos fue desapercibida por el conjunto de extraños que llenaban el lobby, cuadros y obras alusivas adornaban el lugar. Nos apresuramos a salir; optamos por entrar a la bóveda que descendía a la caverna. recuerdo dos mujeres y un hombre hablando, un fragmento de su conversación banal quedó retenida sin ningún sentido en mi memoria, no vale la pena mencionarlo. El enfado surgió de nuevo cuando contemplaste otra vez el impacto en el extremo del conductor, no podía cambiar tu sentir; dentro de tu carruaje permanecía cierto aroma proveniente del pequeño cofre blanco que posaba en el asiento de atrás, lo tratamos de ignorar. Ya acomodados en la parte frontal, introdujiste la pieza dentada de aluminio en la ranura al lado del volante, el motor de arranque se acciona y el cigüeñal inicia su giro. Mientras eso sucede sigo acariciando tu presencia. Aún no termina la velada, falta el tercer evento.

   El día está expirando, la oscuridad ha cubierto este huso horario desde hace ya casi tres horas, las calles han regurgitado y vuelto a tragar carne y metal. El humo se ha solidificado y caído, confundiéndose con el negro asfalto; hay una especie de reverencia forzada en algunos tramos de la calle que divide nuestra ubicación de mi aposento -donde planeabas entregarme en ese momento-, comentábamos lo ocurrido hacía unos minutos, había solaz y calma en nuestras voces, algunos roces de tersa voz pausaban la plática durante el conocido recorrido, mientras tanto, dentro de tu conciencia, un emergente deseo proveniente del segundo círculo dantesco cobraba vida y yo aun no lo percibía. Los semáforos colgando a cinco metros y medio del suelo parecen máquinas ejecutadas y expuestas al público con luces navideñas, dando un mensaje que aún no puedo inventar, vemos que la luz de sangre se ha activado en ese momento y suavemente presionas con tu talón el embrague y el freno a la vez, acto seguido, con tu mano derecha levantas con fuerza la palanca del freno de mano, el auto se detiene con firmeza, la energía cinética de nuestros cuerpos encuentra un tope en la cinta de nylon que cruza nuestros pechos, nuestras espaldas son empujadas levemente hacia el suave respaldo de los asientos y vuelvo mi mirada hacia tu rostro, no puedo evitar la sonrisa de satisfacción al ver tu belleza y tu optas por ignorarla unos segundos. Pienso que el tiempo que hemos acumulado tras una luz roja puede ser igual de improductivo al tiempo dominical, no lo sé, es difícil determinarlo. "Verde", el sucinto viaje continúa.
Al fin nos encontramos a la entrada del sendero que me conduciría de nuevo al punto inicial de ese día, pero antes de llegar allí hubo una vuelta al final de otro sendero que conducía a este en cuestión para colocarte en posición de salida. Las despedidas son siempre vacilantes, frente a frente parece como si el tiempo no hubiese pasado, es como en aquellos días cuando nos dirigíamos miradas -con las páginas que guardaban letras que nadie recuerda, en nuestras espaldas, colgando de tejidos sintéticos teñidos y bordados-. El desenlace de las miradas eran húmedas expresiones de cariño, como sílabas que acarician sílabas, una palabra de eterna imagen retenida en el monitor virtual del alma, así comenzó la oración y subsiguiente párrafo que acabó un par de horas después. La emoción incandescente fue encendida y no existía intención de sofocarla; la gasolina fue inyectada de nuevo hacia la cámara que la hacía explotar y los pistones trabajaban de nuevo para mover las siluetas que determinaban en ese instante el dulce espectáculo del cual serían partícipes activos a continuación.

   Escaseaban, en ese estuche que contiene identidades y maldad del inframundo, algunas alas de mantis religiosa, no se había previsto que, a medio claro de luna, sucumbiese el reflejo de la razón ante la traslúcida figura de nuestras humanidades básicas. El contorno de tu silueta formaba el espacio que ahora se movía retrocediendo kilometraje recién gastado. Había un nido de mantodeos no muy lejos de donde iniciamos a desandar, estaba a punto de adelantarme pero observé algunas presencias que me hicieron dimitir del cargo autoimpuesto de recolector de apéndices verdes. En nuestro descomedido frenesí ctónico decidimos incursionar uno o dos kilometros hacia el este, en los terrenos del santo ilustre en la batalla, donde ya sin temores ni presencias adversas, obtuve, mediante el muy conocido algoritmo, las alas requeridas para permanecer en el cómodo paralelogramo, donde las dos expresiones algebraicas solucionaban de forma perfecta sus incógnitas. Las variables que se desvelaron al paso del tiempo, que invertimos, proyectando luz en el negro domo imaginario, que coronaba nuestro cielo privado, tomaban valores delicados carmesí. No había razón para detener lo que estaba ocurriendo, nunca lo quisimos detener, siempre cedimos con agrado.
Los versos convertidos en dos hologramas entrelazados, y articulados, seguían la trillada pero emotiva secuencia de fonemas al final de cada línea, el ritmo era conocido y la lectura deleitaba cada sentido, no existía mejor representación de haber alcanzado sincronicidad en ese preciso momento, momento en el cual experimenté el azar objetivo que se descubría a sí mismo como imagen surrealista de un sueño finito que jamás debió acabar.


(1) Debo reconocer que días después de la infame aparición -cuando regresaba del lugar de los cristales y cables hacia mi estancia- con sincera glorificación hacia el recuerdo, tomé con nostalgia el fragmento que estaba todavía allí, como testigo de que esa memoria no había muerto, no hasta que la quisiera aniquilar, sin embargo, yo preferí llevármela y colocarla en la imagen que adorna el presente epígrafe y así pervivirla.


sábado, 21 de diciembre de 2013

Errata Mental III

Joe


"...Nos lo llevábamos todo, y todo permanecía vivo: los sonidos, los olores, los matices del día, los mismos pensamientos que no nos habíamos dicho; no cesábamos de gozarlos y padecerlos en el presente. Ni un recuerdo; un amor implacable y tórrido, sin sombras, sin perspectiva, sin refugio."
La Náusea - Sartre


El pequeño rectángulo de Policloruro de vinilo atravesaba la incisión del dispositivo en una fracción de segundo, las ínfimas cifras migraban de un lugar imaginario a otro y el contrato finalizaba con un sangrado negro, viscoso y fino, que dibujaba el conocido emblema personal con su puño. Existía esa nueva sensación de utilidad exaltada y un deseo inocuo de congraciarse extinguiendo obligaciones de forma indiscriminada, pensaba que ese era el debido y necesario protocolo, como  ofrendas mecidas ante el altar de la devoción a este ensueño tangible de diminuta silueta, y así me sentía seguro.
Justo antes de atravesar el umbral hacia el exterior, la memoria recuperaba una porción de las ideas expuestas momentos antes, se deliberó en un instante y me apresuré a solicitar un tributo adicional para la delegada que ha acompañado a la bella silueta por más de tres decenios, uno dulce y circular fue, con una emulada forma de su exterior rellena de nada justo en el centro y aún una porción triangular para ti. Hasta ese momento vislumbraba un sereno desenvolvimiento regenerativo de tejidos desgarrados; tu labio superior e inferior contractados mostrando ligeramente tu bella ristra de marfil que musitaba -al menos en mi mente- "todo va estar bien" y yo sonreía también.


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La decadencia incontroversible que ha producido la distancia entre sus risas y entre los tañidos de campanas columpiándose a 90 metros sobre el nivel del sólido alquitrán y su oído, es palmario y él lo sabe, sabe también que no habrá otra oportunidad para arrebatar las fracciones de lo que un día fue un entero, de lo que ya no es exacto, piensa, por otro lado que tal vez todo esto es solo un malentendido, una vergonzosa mala traducción de símbolos difusos que no llegaron como él claramente los recibió. Penosa situación oscurece su halo de latón cromado. 
Aledaño a su cubil, a la vista de la mujer rígida de bronce, que milagrosamente auxilia a los que no pueden auxiliarse a ellos mismos(sic), pasean distinguibles e indistinguibles transeúntes que jamás vislumbrarán el grave dilema ante el cual se encuentra nuestro artesano de metales; con muy poca o nula frecuencia ven hacía lo alto y cuestionan el sentido del orden que los envuelve, un orden irracional que gusta ilusionar a lo incautos y presiona hasta el duro centro de los indiferentes. 
Este regreso podría ser el mejor o el peor, aún no lo sabe, pero como todo idealista, eternizador de promesas narcóticas, se encuentra sufriendo alucinaciones. Mientras que al otro lado del velo de rayón estaban a punto de concretarse escenas que no imaginará ni en su peor sueño de zozobra, sin embargo no las puede tocar -ni siquiera atisbar- pues se elevan en un plano superior a aquel en el cual él se encuentra, fuera de su percepción sensorial, fuera de su inútil deseo de zurcir con aguja de lata la rota corola salmón que se extendió con débil miedo ante la perviviente oscilación de moléculas que la trajo, a ella, de vuelta al parnaso que nunca conoció y a él a alguno de los círculos de ese cono invertido de desolación y pesadumbre. Aún faltaba que girase de nuevo el reloj de arena, mi turno era el siguiente.

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De nuevo dentro de su estancia móvil plateada, dirigiéndonos hacia el Éste, me preguntaba qué debía decir, qué debía hacer; Las frases están desteñidas, no logro establecer como llegó la súbita petición y puesta en marcha de rodear con delicadeza y atrevimiento los suaves vestigios de una metamorfosis que nunca terminé de apreciar con mis vidrios esféricos, mis falanges besando el motivo del primer desacierto en aquel estacionamiento la noche previa a la hipócrita fiesta marcial azul y blanco, y tú lo disfrutabas.
Las luces blancas y amarillas que viajaban hacia el oeste atravesaron el parabrisas y rompieron en nuestras siluetas, reflejando esa vesania propia del prefacio a ese libro carmesí que tantas veces habíamos recitado a la luz de la luna, palabras dichas con denuedo ante la tenue irradiación que desde el techo llenaba la estancia con el brillo justo, con las imágenes imprescindibles y las estalactitas de juramentos fríos pero solemnes que se derretían a la mañana siguiente. Tu propuesta era devolverme al lugar del cual había salido hacía ya doce largas horas, pero existía cierto titubeo endeble que podía ser fácilmente fracturado; recordaste, muy convenientemente, el pedido de zumo de pera en tetra bik y la necesidad de retirar papel fiduciario del cofre de la ciudad, ante lo cual, inmediatamente ofrecí mi superflua y desesperada permanencia a tu lado por unas horas más, las cuales, serían las ultimas desde hace ya dieciseis luminares; la decisión no fue tan difícil como preví, sonreí con fruición en mi interior mientras que reposaba brevemente mi cabeza sobre tu hombro, agradeciendo el predecible desenlace que vislumbraba ante esta clara victoria sobre ese necio enlace que estaba muy lejos de ser extirpado -nada más irreal en ese momento-. Desfilamos frente a la embocadura del sendero que había presenciado mis idas y venidas por todo este ciclo inconcluso de avatares, no pudiste desecharme en ese momento, no todavía -y fue la mejor decisión-. Retomamos el camino por el cual acabábamos de deslizarnos desapercibidos en tu carroza metálica, ahora, rumbo norte, hacia una fugaz visita a ese lugar de abastecimiento, nada más trivial y sin embargo tu presencia lo celestializaba. Y yo aún era feliz.