domingo, 15 de diciembre de 2013

Cum grano salis

Joe

  De nuevo en el punto inicial o intermendio, quién sabe. Los vientos alisios han traído desperdicios y cismas, el esbozo fue errado y la consumación de lo execrado arribó con toda su pestilencia.
  Siervo de mi capacidad y visión heurística, y amarrado con hebras de memorias azules me encuentro esperando el aparecimiento del error, cabe aún la posibilidad del yerro común, del desacierto corriente, pese a que su aseveración fue apodíctica hay algo que no ha concluido, como en los días de la banca frente a la playa, como en los días de la melodía de Pires resonando en la gran bóveda móvil bajo el manto que perdía claridad a la venida del océano, cómo en el día que te fuiste sin saberlo -debido al miedo que nunca supe-, como en el día que nunca fui ni fuiste tú, ni fuimos ambos, como en el día que volviste y volví, como en el día que traspasamos el parapeto final y nunca volvimos a ser los mismos... como en esos días, algo quedó inconcluso.
 El mar se despliega imponente e infinito frente al sujeto A, es tiempo de considerar la anécdota del trimestre a la luz cegadora de la divina razón, es momento de pasar a morar en la estancia de fobos y beber lágrimas de delfos. La casualidad vendrá de nuevo tras la luz perenne, desde el levante; el azar sustituirá las fichas, reacomodará los astros, regenerará el bombeador cercenado desde su mediastino, invertirá la traslación y traerá el silente olvido que mañana seleccionará memorias.


miércoles, 11 de diciembre de 2013

Errata Mental I

Joe


-11-

  Agazapado y ensimismado en el centro del vórtice, yace -sin espíritu ni madera, sin respiración ni palpitación- la medida justa y benévola de aquella sustancia que conjeturó poder ostentar el desmerecido epígrafe magnífico de "aspirante a la exclusividad absoluta" de aquel sublime y diminuto bombeador de savia granate incrustado con natural pericia en su mediastino. Pero justo cuando germinaba la poinsetia todo comenzó a encajar en perfecto estado, justo en sentido inverso de los engranajes internos del dispositivo que aniquila quimeras que con sus reptiles colas de dragón crean el presente.

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  El servil hojalatero regresaba de su largo viaje de peregrinaje en búsqueda de estaño, lo había encontrado en cantidades exiguas, apenas contaba con 7.10 gramos en su alforja de cuero de áspid, ni siquiera era suficiente para forjar una sortija que encajara en el dedo de un leptodactílido, sin embargo lo guardaba con recelo y seguridad absurda, como quien esconde papel moneda 50 centímetros bajo el nivel del suelo del jardín trasero y lo recuerda de vez en vez sin tomar en cuenta las inclemencias del tiempo tan incierto, seguridad fatua y deseos supraterrenales erróneamente canalizados.


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  La medida justa y benévola careció del pigmento índigo exacto, pigmento que debió, a su vez, reaccionar con el bombeador de savia, creando un nuevo humor cuyo torrente debió impregnarse en sus dendritas y axones; pese a que se había logrado obtener un tonalidad casi idéntica, existía poca saturación y baja luminosidad y ella lo notó pero no lo rechazó, al menos no en un acto ininterrumpido, sino en un tortuoso cuentagotas de capsaicina aplicado al globo ocular desnudo, la pupila atestiguando su exterminio con resignado pánico silencioso ante la indudable sensación que producen nueve millones de Scovilles. Sin embargo todo marchaba como serena espuma capuccina.

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  Igual, su arribo era tan incierto como esperado, semejante a los encuentros con la parca morta. Desde el seguro escondrijo especulaba cómo giraría el planeta sin el núcleo ardiente, con el centro vacío, con la atmósfera sin ozono y el cielo sin cielo. El hojalatero se apresuraba a desvelar lo que ya era del conocimiento público, agitaba masas que solicitaban materia prima nueva. Sin embargo él solo trabajaba con aluminio reciclado y no podía proveer más de lo que ya no poseía. Con todo, el velo se rasgaba con violentas heridas de distancia.

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  Cuando la primera gota de capsaicina estaba por besar el iris, un arrebato con aroma a petróleo y sándalo grabó el dulce lunar carmesí directamente en el pectoral de bronce. No estaba escrito ni en las estrellas ni en pulpa de celulosa pero todo iba a encajar como siempre había encajado desde hacía ochenta y cinco cantos de aurora. Esta vez inició, como en otras ocasiones, en la canela metálica, donde expectantes y rijosas miradas epidérmicas, de soslayo y con solemne miedo veían, de poco en poco, marchar con efervescencia sus sueños hacia la memoria que les dio vida.


domingo, 17 de noviembre de 2013

Ambrosía

Joe.

Era el meridiano del descanso judaico, En el momento que se tallaban los últimos detalles en el ópalo de este extraordinario ciclo de revelaciones y encuentros providenciales.
El aroma de tu exquisita y remota presencia proveía de agradable calidez al frío ambiente que impregnaba hasta la última de las partículas que conforman esta vasija repleta de colágeno y necedad; las huellas impregnadas de miel y azúcar provenientes de tu celestial índice quedaban impresas, una y otra vez en una arista del testarudo ornamento, mientras que, al mismo tiempo, las invisibles ondas emitidas desde dos puntos equidistantes del mismo anhelo, transportaban instantáneamente tus sílabas, que formaban palabras de memoria, frases de ensueño, ideas paradisíacas, emociones del núcleo de la tierra, que en conjunto confeccionaban una sonata tersa, en la cual tú -lujosa seda melodiosa- atravesaste con quietud y delicadeza el conducto auditivo, donde resonó -cual estruendo de armoniosa implosión lejana- tu invitación cordial que convidaba a acompañar con mi cordófono, por uno o dos tiempos -quizás solo durante el allegro-...sin embargo eso estaba por dilucidarse.
De esa forma la partitura inició su inesperado camino hacia el nacimiento del sol cuando ya estaba avanzada la penumbra, cerrando el quinto sexto de esta escena emulada. El ornamento ajustó sus vestiduras de gala previo a su emocionante andar hacia el luminoso evento melódico; atravesó la conocida vía, rumbo Occidente, vía accidentada debido al constante flujo de almas que levitan sobre hierro y caucho, la dicha no podía ser menos pese a que el tiempo apremiaba y menguaban los segundos.
La Sonata abría con un inequívoco "mi" en la segunda octava del clavicordio -tal como lo había mentalizado durante el breve trayecto nocturno apenas avanzado-. Divagaba entre temores y cálidas expresiones faciales, mientras la música continuaba en el trasfondo, la coda del Allegro movióle a ponderar que la suplantación de bemoles por sostenidos reiteraba la belleza en la disonancia que había traído esta vasija con su contumacia; la falta de aparente melodía al principio confundió la encubierta pero firme intención de despojar y coronarse sin escrúpulos -plan cavilado desde aquel día en que atestigüe con entereza la evidencia de la inmortalización de la convaleciente melodía en un daguerrotipo de fortuna-. Ahora la disonancia se amalgamaba sin resistencia en un magnífico contrapunto.
El protocolo seguido para la espera instantánea en la boca del sendero que ha besado sus pasos por años, es breve y precioso. Cómo crisálidas transmutadas volando torpemente, tratándo de alcanzár la boca del esófago. La espera rinde su celestial fruto: la manifestación emergente e imponente de la feliz melodía personificada, melodía que se ha desvanecido lentamente, al mismo ritmo que el andar de ella, el sonido se transforma, en un instante de corchea, de resonido a colores: azul, morado, negro, magenta y granate, todos deslubrambrando luz y emanando aroma de impaciencia.
El minuet de la Sonata siguió con una nota cafeinada que endulzaba con vigilia y amabilidad las ondas que resonaban en el tímpano; la nicotina estabilizaba los tonos armoniosos de su personalidad, imágenes inmortalizadas daban fe de todo el espectáculo; la sombra inmensa de la noche cobijaba con ternura a la melodía y al bajo continuo, quienes -entre sorbos de moca- aún decidían el destino del satélite que los vigilaba tras un algodón de gris hielo suspendido. La huida fue suave, como cualquier otra, el tranquilo andar de ambos sugería el inicio del ultimo allegro. el típico descenso a través del oblongo artefacto que sume las notas a la caverna, donde descansan las arcas que levitan sobre hierro y caucho, era siempre un hermoso recuerdo del contacto sencillo y revelador de libres intenciones que esperaron casi una década con un lustro para manifestarse.
Metro a metro, segundo a segundo, el allegro final se desvanecía en intenciones que se adivinaban, las notas de límite se extendían y abrían sus emociones al inminente desenlace telúrico. Una pausa pasional, ante la rotonda contigua a la sempiterna aguja que alumbra el camino vicario, sirvió de preámbulo a la mutua alborada que estaba por venir. La ruta era conocida y el adorable final de la sonata con la coda postrera produjo una catarsis en ambos. Ya no había lugar que contuviera el tiempo que los limitaba, ya no había suficiente espacio en el arca metálica, las decisiones se tomaron en un instante y el mecanismo que dividía a Venus de la Tierra descendió lentamente tal cual pórtico del inframundo.
Las horas se agruparon en ínfimos bloques apilados en orden piramidal, dispuestos de tal forma que se desmoronaran uno a uno con cada cálida sílaba, con cada ósculo implacable, con cada toque febril, con cada influencia de eros; lo cual en efecto sucedió, Posterior a la caída del último bloque, ya con la aurora silente, luego del atestiguamiento de la lasciva escena...Todo quedó como la calma de la escritura gravada en la blanca lápida que se erguía en Los Serafínes, en memoria del que cayó, al menos por el momento, en el intento de ganar el motor bombeante de líquido vital al cerebro de la bella taza de té de canela que expele volutas de esperanza y memoria en el ambiente que sigue frío y expectante, canela que sabe a Ambrosía.

martes, 8 de octubre de 2013

La Ánima Auspiciada

Joe

"Cada instante aparece para traer los siguientes. Me aferro a cada instante con toda el alma; sé que es único, irreemplazable, y sin embargo no movería un dedo para impedir su aniquilación"
La Náusea - Sartre

  Deambulando sobre el gastado tiempo que se repite, iba cierto espectro, frío y gris, tibio e invisible, la costa y el océano lo veían en su procesión.
  Había esperado todo este tiempo, con paciencia mortecina, la señal del faro, la luz que besara su rostro y le devolviera de nuevo el septentrión. Debieron pasar todavía cuatro manifestaciones palpables antes que la blanca luz se posara sobre él, traspasándolo y llenando la oquedad de su ánima.
El exordio que abrió la secuencia de eventos que estaban a punto de acontecer no pudo ser menos que confuso, La luz del faro no llegó plena ni en el momento esperado, el espectro debió vagar a tientas en la penumbra lunar, adivinando la ubicación exacta del sitio inicial, la cual se desveló hasta pasado el pánico del desprecio; entonces, fue allí -en un paraje tan circunstancial como el encuentro- donde la cadencia de miradas y gestos convergieron en un aceleración del sístole y diástole; La luz era ella, la materialización de una pléyade, una visión sobria de celestial luminiscencia; se acercaban al inicio con calidez circunspecta, con solemnidad inmaculada; a ese mismo ritmo se desbordaba el flujo apacible del contacto dérmico, efluvios de dióxido de carbono llenaban el pequeño espacio movible y el lino de silencio era desgarrado por la profana súplica granate. Fue solo el ensayo.
  El 11 illuminati consagró el amanecer de esta era de la sonrisa no ficticia, de esta época de las incertidumbres azules, negras y moradas; donde tres y seis fueron las coordenadas designadas desde antes del azar para reconciliar aspectos no conocidos de ambos seres: luz y espectro traspasándose en un idílico crepúsculo que bañó sus convicciones con perfume de moca y destiló hacia la médula la esencia de la incertidumbre. El aura requería silencio, más el espectro arrastraba sus cadenas de razón, ensordeciendo el momento por un instante, la luz terminó llenando la recámara con oscuridad tímida, con mantras nocturnos y caricias carmesí. El frenesí aniquilador de cronos se desplegó hasta el segundo canto del alba y los futuros impensables se esculpían en roca sedimentaria.
  Arreboles reflejados en los cristales del edificio de peticiones, dan generosamente su luz de arcilla a estos ojos de fantasma que no lo necesitan porque no han alejado el iris del incandescente filamento dentro de tu pecho. -Sereno y quieto- un murmullo apenas se escapa de sus laringe, como suplicando no escucharse para que la luz se lamentase en un posterior estudio retrospectivo, como deseando apenas escucharse para que la luz adivinase el juicio y lo abrazase como suyo porque lo reconoció, porque lo cobijó y le brindó auspicio por siempre.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Roto, Quebrado y Raído I

Fue la quinta peregrinación -una emblemática por su germen- una que brotó tal cual semilla traída producto de la anemocoria; magnífica demostración del proceso aleatorio y casual de este flujo perenne de días y noches.
 Las verdades que no se aceptan desde el inicio carecen siempre de esa fuerza de cohesión, carencia de la cual se lamenta en posteriores noches.
 Las verdades que no se aceptan desde el inicio carecen de esa cálida seguridad, de esa muleta de marfil que buscaba en posteriores momentos de desesperanza.
 La verdad que no es verdad siempre termina siendo la falacia que digeriste carente de aminoácidos, que endulzó la boca, tranquilizó el apetito, aniquiló el nervio y durmió el ánimo.

Impulsos sinápticos frenéticos en el terso idilio de la tarde que rasgaba el centro de la octava oportunidad de setescientos cuarenta y cuatro epitafios. 

 Fue un salto libre, el mentón y los pómulos rompiendo el viento, las manos atadas con tisú, los tobillos quebrados antes del lanzamiento, las ropas raídas y la resolución de abdicar antes de estrellarse... Un sueño extraño fue, la realidad era claramente distinta, la contingencia nunca estuvo en la caída si no en la combustión interna que no se previó, en el ardor que había refrigerado para después, en ignorar el sol que estallaba en la cara, en ignorar la inminente hoguera avivada con libros de primaria.

 Al final el asentamiento quedó desolado, los últimos marchaban con ramas disimuladas y entrelazadas, dando la espalda a las cenizas de la hoguera. Se susurran al oído, se ríen, lloran y cantan indistintamente, no es más que una verborrea aturdidora. Mientras, al fondo, a sus espaldas queda la esencia de la inefable emoción que se desmoronó de nuevo.

domingo, 15 de septiembre de 2013

El breve percance

Regla Tres: La intrepidez y precipitación en la consolidación de percepciones nunca es la mejor de las opciones...

Cortaba por el medio al noveno desastre del corriente ciclo, hacía ya algún tiempo que no arriesgaba un esfuerzo en esta área; fue demasiado presuntuoso desde su génesis,quizás hizo falta enterrar un poco más de vacío con menos barro, siempre quise dejar que se vislumbrara un destello de nada en el fondo... Siempre tuve pánico de apilar los bloques desordenados, sin armonía y sin sostén... La petición fue denegada y la extradición en curso es inalterable.
Otra vez es tiempo de balancear hacia el lado ciego el peso de la apetencia, que sea el azar el sabio de nuevo.

Necio

Shyla - EP

jueves, 12 de septiembre de 2013

MCMXCVIII

Joe

La materialización de un evento ideal, que brotó de evocaciones remotas, es la mejor representación de la dicha de estar vivo. 
-Jared Pérez-

   Pronostiqué atracar antes del ocaso -suponía que ya no estabas dentro del barco- la tripulación ha menguado de forma escalonada desde que la brisa de la noche acarició la palma que trazaba indistintamente errores que no merecen arrepentimiento. La brisa de la oscuridad discurrió por cada una de las estancias del velero -ahora, casi vacío, casi sin materia pensante dentro- sin embargo seguía escribiendo mi deseo, seguía buscando algo que rescatar, algo precioso, algo que aún irradiara calor.
   Fue entonces que advertí, entre las memorias de este Océano, la bella y única presencia de lo inconcluso, de aquello que inició en el amanecer de nuestra vesania, en la época de nuestra candidez; las remembranzas de la educación formal se entrelazaban con los ingenuos intentos de un frenesí incipiente ¡Firmamento y núcleo de la tierra!. 
   Ya no había desierto en cubierta, te manifestaste allí, en medio, con aura centelleante y semblante seráfico; regresabas por el hombre desamparado -que escribía su postrera epístola antes de lanzarse desde la proa- Con la vista acaricié minuciosamente tu rostro mientras rompían las olas en el canto y humedecían mi dorso con salino océano.
   Se precipitaban una a una las frías gotas, perforando la impermeable capa del olvido inerte, una a una se evaporaron las gotas dentro del núcleo y limpiaron desde el interior la sustancia que nunca se fue, que siempre estuvo allí, dejando ver a través de su diáfana existencia el anhelo inacabado, anhelo que impelió la resurrección del febril estado que reposaba; inició con la tersa voz de rosado satén, casi forzada, con intención recíproca pero leve, las subsiguientes aumentaron intensidad, pese a que no eran nuevas se descubrían en cada palabra, recordando el dulce pretérito de su inocente resonancia. 
   Y fue entonces que ambicioné la paralización de este ciclo y proferí que te había de llevar al piélago -donde pertenecimos- para no volver a la costa, para que la negra brisa de la amnesia no nos toque de nuevo.

The Mars Volta - The Bedlam In Goliath