"La causa de la miseria humana evitable no suele ser tanto la estupidez como la ignorancia, particularmente la ignorancia de nosotros."
-Carl Sagan
Generalmente él espera
paciente, sentado o de pie, incómodo o aparentando estar cómodo, y esa
había sido la regla desde tiempos inmemorables, sin embargo, en esta ocasión su
sintética homeostasis emocional se encontró desprotegida por un instante, y
quizás él esperaba esto desde hacía algún tiempo, pues su orden interno se
traicionó con deleite, sabiendo de sobra que sufriría, una vez más, la feliz
ruptura de aquellos para los cuales no les son suficientes sus endebles
soledades.
Su frágil revestimiento
de eterno-bisoño-sensato se iba a desmoronar, se le iba a caer en diminutos fragmentos
en un suelo encerado, en el cual se refleja, a medida que dicha cobertura se desprende, una escena onírica de dos, un
futuro de tres y un final de cuatro o cinco; el suelo-espejo parece distante ya,
él siente flotar treinta y dos centímetros, y su fugaz vistazo hacía
aquella escena lo retrotrajo, con garras de fauno, a aquel momento difuso en
que, con frívolo examen, rechazó a priori cualquier tentativa de solicitar
audiencia con esa particular ánima. Se hallaba perplejo pues nada visible había
cambiado en ella sino aquello que esta cogitaba con sus perlas.
Rápidamente recobró la
postura y reparó un momento, calculó livianamente el alcance de su intriga,
sonrió y se sintió complacido; jamás se percataría, sino hasta después de que la ilusión adquiriera carne y huesos, de que fue una portentosa
ambición desde su raíz, sin embargo decidió ejecutarla y este es el apólogo, su
apólogo:
1. La Mañana de la Resignación, casi.
Ayer llevaba puesto mi mejor semblante de borrasca,
una resolución color lasitud, y unas gafas de oscuros cristales, en los cuales se reflejaba un punto estático, a una distancia mucho más allá de lo
que yo mismo quería ver; los homínidos circundantes se desplazaban como
cualquier otra mañana por las calles, ocupando espacio en este amplio espacio,
yo a veces apenas confirmaba su presencia próxima para esquivarlos, aunque hubiera
deseado atravesarlos pues la abulia me constreñía hasta el límite y me
exasperaban sus solas presencias.
—Quizás a ella sólo la
atormenta lo que no pudo aniquilar con sus perdigones de olvido, sí, eso debió
ser; la decisión última en estas opciones de compra poco tienen que ver con lo
volitivo, pues ella sí desea el producto de mejor valor nutricional. —Cavilaba—.
Un peatón que caminaba en sentido contrario a mi dirección,
se apartaba hacía la derecha al ver que no me orillaba; la acera no era tan
ancha en todo caso, eran solo dos metros y medio y, como mencioné antes, el
desgano me inmovilizaba hasta la poca cortesía que en alguna ocasión rebosaba
sin compulsión... bueno, tal vez eso nunca sucedió. Por otro lado, los ruidos de los automotores, y su pestilente humo, llegaban
hasta mis más agazapados sentidos que yo deseaba cerrar, y solo dedicar, al lamento
de lo que había leído ayer.
—“Tal vez no deba decir
esto…”. —Vino a mí el recuerdo vívido, de aquellas frases leídas en la pantalla—
Sacudí la cabeza al recordar cada sílaba interpretada,
cada idea proyectada como ella nunca quiso significarse, fruncí el ceño y
aparté la vista hacia la derecha, como si lo que había enfrente me causara
repulsión hasta el tuétano.
Dos mujeres, con uniformes azul oscuro y zapatos
negros se desplazaban con paso ligero al otro lado de la calle, su taconeo se
escuchaba aún a esta distancia y el estómago se me revolvió, volví inmediatamente
la vista al frente pero hacia el suelo, contemplé las grietas de esta calle encementada, eran venas sucias,
de algunas manaban líquidos y hormigas, por doquier habían envoltorios de plástico hechos puño, hierba
desparramada y creciendo a capricho por esta sucia ciudad, tan inmunda como la mañana que me rodeaba.
—“Te quiero”. —Leí en
la pantalla, según mi memoria—
¿Pero qué significaron esos símbolos?
Esto significaron y nada más: Una Capitis Deminutio, un yugo con el que me sentí cómodo
y dos saetas que me atravesaron ambas muñecas, que traspasaron mis nervios
medianos, y cuyas puntas están alojadas treinta y dos milímetros adentro de la
pizarra de corcho, sobre la cual me encuentro crucificado y endeble, como el
nazareno, con un evangelio sin lógica y una falsa resurrección.
El semáforo está en rojo para los que se conducen de este a oeste
y viceversa, dos peatones vuelven a ver hacia ambos lados de la calle, como si
no creyeran en la prudencia de los conductores de esta hora de la mañana, yo
continúo, aunque la cautela de aquellos me posee por un instante y giro la
cabeza levemente al oeste, no había nada que temer, los vehículos están
estáticos ante el paso de cebra, los motores encendidos apenas rompen el ruido
de la mañana, ese ruido que se ha fusionado con la melodía que traigo en la
cabeza, una pompa fúnebre para este cadáver que ya no volverá del averno.
La apreciación de ella in situ y en especial aquella
que, digamos tengo a unos 50 centímetros de distancia, es mejor que la imaginaria,
es una visión preternatural que me ha conducido a este preciso momento; felizmente, dentro
de unas horas, visón y aparición serán una sola, y las migas de chocolate, caídas a propósito desde la mesa en que ella festeja, serán banquete
final que se repetirá una y otra vez, en este felo
de se que mi aquiescencia suplica en bucle.
Me parece que algo se me ha ido cayendo desde que inicié el corto viaje hacia aquí, giro mi rostro a la izquierda, noventa grados, claramente se distingue una estela ignominiosa, que he ido dejado tras
de mí, es efímera, se comienza a disipar con la tibia alba y con ella el recuerdo de esta
mañana y este retazo de vida; vuelvo la vista hacia delante, las calles se atiborran cada vez más de gente a medida que me acerco al
edificio, ya no me importa lo que me precede, no en este instante.
Me detengo en otra esquina, me encuentro casi de frente al edificio, casi oblicuo al piso a dónde me dirijo, y otra espera frente a un semáforo, ahora este sirve para detener a los vehículos
que van de sur a norte. Aún más gente se me acerca por ambos flancos, percibo perfume
barato, cremas, jabones, olor a comida, murmullos, miradas, todo me hastía, quisiera fulminar la presencia
de todo y que el vacío lo engullera este verano, solo este verano.
El tiempo estival nunca fue tan injusto, ojalá ella lo supiera, ojalá y.... ¡Verde!, vuelvo a concentrarme, muevo una pierna primero y luego la otra, ya me encuentro caminando hacia delante y la mañana apenas
repunta. —Respiro—.